La Solemnidad de la Ascensión del Señor no representa una despedida melancólica, sino la inauguración de una nueva y definitiva forma de cercanía.
Al elevarse a los cielos, Jesús no se aleja de nuestra realidad; por el contrario, introduce nuestra frágil humanidad en el corazón mismo de la Trinidad.
Como bien señalaba san Agustín, Cristo ascendió, pero no nos dejó; así como nosotros ya estamos con Él allí, aunque todavía no se haya cumplido en nuestro cuerpo lo que se nos ha prometido.
Esta fiesta nos recuerda que el destino del hombre es la gloria. En un mundo a menudo fragmentado por la desesperanza y el materialismo, la Ascensión nos devuelve la mirada vertical.
Lea también: Parroquia Nuestra Señora de la Luz celebra su fiesta patronal
Jesús, el Verbo hecho carne, lleva consigo las marcas de nuestra historia -nuestras alegrías y nuestras heridas- al trono de Dios.
Esto dignifica cada paso de nuestra existencia: si el hombre está en Dios, nada de lo humano le es ajeno al Creador.
Sin embargo, esta cercanía con Jesús nos exige una misión en la tierra.
No podemos quedarnos «mirando al cielo» de forma pasiva. La Ascensión es el envío a ser testigos de lo invisible en lo cotidiano.
El Señor se hace presente ahora a través de la Eucaristía, de su Palabra y, de manera punzante, en el rostro del prójimo.
Celebrar la Ascensión es reconocer que el Cielo ha comenzado aquí. Nuestra tarea es acortar las distancias mediante la caridad, llevando la esperanza de que, donde Él ha llegado, llegaremos también nosotros. Así sea.
P. José Lucio León Duque Director


