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Camino a Emaús

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Henri de Lubac, uno de los teólogos de mayor influencia del siglo XX, observaba en el mundo una inclinación amarga y negativa resuelta de antemano a no perdonar nada; una voluntad de denigración, una especie de agresividad que se ejerce a veces contra el pasado de la Iglesia y contra su existencia actual, contra el conjunto de sus fieles, contra todas las formas de su autoridad, contra todas sus estructuras, a veces sin distanciar entre las que se deben a los albures históricos y las que le son esenciales por ser de institución divina.

Agresividad que no se limita a la Iglesia, sino al hombre en general, negando toda posibilidad de trascendencia y pasando por encima, empleando todo tipo de justificación, de su propia dignidad. Un mundo decidido a no perdonar nada, a no amar nada tergiversando el sentido profundo del amor, banalizando la sacralidad de la vida, enalteciendo lo malo como bueno y desterrando lo bueno por malo. Todo atisbo de bondad y de respeto es señalado de debilidad, y por lo tanto, execrado del camino que, según el mismo mundo, conduce al éxito.

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Totalmente abatidos, se entregan al desaliento, a la desesperanza, a la cultura de la muerte, pues Jesús había muerto y con su muerte todo había acabado. Se rinden. Se van. Se entregan a una vida de lamentos y fatiga. Habían perdido la fe y la esperanza. Eran muertos que caminaban.

La vida que había en sus corazones se esfumó como suele esfumarse todo lo que pierde sentido. Hombres que habían perdido el contacto con la profundidad de las experiencias místicas, con el brillo que canta suave en medio de la más intensa oscuridad. Habían descristianizado sus almas y sus cuerpos. Sus ojos dejaron de ver, se olvidaron de contemplar. Dieron la espalda al silencio para entregarse, sin esperanzas, a los ruidos, al escándalo del mundo.

El espíritu lamentable que guiaba a los discípulos de Emaús hacia la desesperación nos ha tocado a la puerta y nosotros, desanimados, como por inercia, le hemos abierto, le hemos dado el mejor sitio de nuestra casa y la posibilidad de que sea él quien acomode todo.

Un espíritu tan fuerte que, a veces, no nos permite ver la Vida que camina a nuestro lado. Como resalta San Agustín: “Muertos ellos, caminaban con el vivo; los muertos caminaban con la vida misma. La vida caminaba con ellos, pero en sus corazones aún residía la vida. Y tú, si quieres la vida, haz lo que ellos hicieron para reconocer al señor”.

En su aparición a los que caminaban a Emaús desnuda la clave, el punto central de la Buena Noticia del Cristianismo, no es nuestra bondad, ni los méritos de nuestras manos, la condición de posibilidad de su «acontecer» real. Él se da porque sí, de modo gratuito, sin determinadas condiciones de contrato, más allá de proyectos y previsiones humanas, más allá del cálculo, del interés o, más bien, su interés es darse y darse siempre. Claro está, para que todo ello pueda darse en nuestro corazón, todo lo que somos debe transformarse en una invitación que nos ofrece el evangelio lucano: “Quédate con nosotros, Señor, porque atardece y el día va de caída” (Lc 24,29).

Sí, aquellos caminantes iban hacia Emaús tristes, abatidos, decepcionados, pero iban juntos, se mantuvieron juntos y juntos, en unidad, recibieron el aliento que venía del corazón de aquel peregrino que siempre camina con el hombre.

En esta hora funesta de nuestra historia, permanezcamos juntos y caminemos hacia nosotros y hacia el otro con quien desde siempre nos acompaña para brindarnos con su luz la verdadera plenitud que nos aguarda, una plenitud que las ideologías y los líderes con pies de barro y corazones ensombrecidos nos niegan. Paz y Bien, a mayor gloria de Dios.

 Valmore Muñoz Arteaga

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