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Nutridos del altar: Una Iglesia que se entrega, sirve y ama

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Como su obispo y hermano, deseo compartir con ustedes una verdad fundamental que sostiene cada paso de nuestra peregrinación en estas tierras tachirenses: La Iglesia vive de la eucaristía. Esta no es solo una frase hermosa o una experiencia cotidiana de nuestra fe; es la síntesis misma del misterio de la Iglesia.

En cada altar de nuestras parroquias, desde la montaña más alta hasta el corazón de nuestras ciudades, experimentamos con alegría la promesa fiel del Señor: “He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20).

En la sagrada eucaristía, mediante la transformación del pan y el vino en el cuerpo y la sangre del Señor, la Iglesia se alegra con una intensidad única. Desde aquel día de Pentecostés, cuando el pueblo de la nueva alianza inició su marcha hacia la patria celeste, este divino Sacramento ha marcado nuestros días, llenándolos de una esperanza que no defrauda.

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Con razón el Concilio Vaticano II nos enseñó que el sacrificio eucarístico es “fuente y cima de toda la vida cristiana”. En él, la mirada de la Iglesia se dirige continuamente a su Señor, descubriendo en el Sacramento del altar la manifestación plena de su inmenso amor.

Si volvemos espiritualmente la mirada al Cenáculo en Jerusalén, lugar de la institución de este Santísimo Sacramento, escuchamos nuevamente aquellas palabras que cambiaron la historia: “Tomad y comed… porque esto es mi cuerpo… éste es el cáliz de mi sangre”.

 Quizás los Apóstoles no comprendieron plenamente en ese instante el alcance de lo que vivían. El sentido total de aquellas palabras solo se aclararía al final del Triduum sacrum desde la tarde del jueves hasta la mañana del domingo.

En esos días se inscribe el misterio pascual y, con él, el misterio eucarístico. La Eucaristía es el sacramento por excelencia de la Pascua. Al celebrar la “fracción del pan”, como lo hacían las primeras comunidades según los Hechos de los Apóstoles, nuestros ojos del alma regresan a la agonía en el Huerto de los Olivos.

Allí, bajo la sombra de olivos antiguos, la sangre que Cristo nos entregó como bebida de salvación comenzó a ser derramada en una angustia mortal. Esa efusión se completaría en el Gólgota, convirtiéndose en el instrumento de nuestra redención eterna.

Jesús no huyó ante su hora. Aunque experimentó la soledad y el abandono, se entregó por nosotros. Cada vez que celebramos la Santa Misa en nuestra Diócesis, regresamos de modo tangible a esa “hora” de la cruz y de la glorificación. El sacerdote, al pronunciar las palabras de la consagración, no habla por sí mismo; pone su boca y su voz a disposición de Aquél que las pronunció en el Cenáculo. Es Cristo mismo quien, a través del ministro, actualiza perenne y misteriosamente aquel sacrificio para nosotros hoy.

Este pensamiento debe inundarnos de un profundo asombro y gratitud. Existe una “contemporaneidad” maravillosa entre aquel Triduo pascual y el transcurrir de todos los siglos. Toda la historia humana es destinataria de esta gracia.

Queridos fieles, les pido que nunca perdamos ese asombro. Que, al acercarnos al altar, reconozcamos que en ese trozo de Pan y en ese poco de Vino está contenido todo el bien espiritual de la Iglesia: Cristo mismo, nuestra Pascua.

 Que este misterio de la fe nos impulse a ser, como Diócesis, una Iglesia que se entrega, que sirve y que ama, nutriéndose siempre del altar para llevar vida a todos nuestros hermanos.

Mons. Lisandro Rivas–Obispo de la Diócesis de San Cristóbal

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