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viernes, agosto 14, 2026
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Misterio de fe y compromiso social: una vida eucarística para el bien común

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Queridos hermanos y hermanas de nuestra amada Diócesis de San Cristóbal, paz y bien en el Señor.

Como su pastor, me llena de gozo compartir con ustedes esta meditación sobre el centro y culmen de nuestra vida cristiana: la santísima eucaristía. No es solo un rito; es el corazón palpitante de nuestra Iglesia que se hace presente en cada rincón de nuestra geografía tachirense.

Permítanme desglosar este misterio de la fe para que nos ayude a vivir con más hondura cada Santa Misa. A veces nos acostumbramos a ver el pan y el vino en el altar, pero la fe nos pide ir más allá. Citando al San Pablo VI, esta presencia es “real” por antonomasia. No es que Dios no esté en otros lugares, sino que aquí está de forma sustancial: Cristo, Dios y hombre, se nos entrega entero.

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“No veas nos diría San Cirilo en el pan y en el vino meros elementos naturales; la fe te asegura que son su cuerpo y su sangre, aunque tus sentidos te sugieran otra cosa”.

Aceptemos con humildad que nuestra razón es limitada ante tal misterio de amor. La Transustanciación es el término con el que la Iglesia abraza este milagro: lo que era pan, ahora es vida.

La comunión no es un acto individual; es una unión íntima con la vida trinitaria. San Efrén usaba una imagen sobrecogedora: quien comulga con fe, “come Fuego y espíritu”.

Al recibir el Cuerpo de Cristo, se renueva en nosotros el sello del espíritu que recibimos en el Bautismo y la Confirmación. No es un alimento metafórico; es verdadera comida que nos hace vivir por el Padre, tal como Jesús vive por Él.

Cada vez que celebramos la eucaristía, el cielo se abre sobre el Táchira. Nos unimos a la Virgen María, a los ángeles y a todos los santos en una sola liturgia celestial.

Es antídoto contra la muerte: recibimos el «secreto» de la resurrección.

Es tensión hacia la meta: nos hace pregustar el paraíso mientras caminamos por las calles de nuestras ciudades y campos. Aquí está el punto clave para nosotros hoy: la Eucaristía no nos saca del mundo, sino que nos envía a él con más fuerza. Mirar al cielo no debe hacernos olvidar la tierra.

Responsabilidad terrenal: Como cristianos, debemos trabajar por un mundo habitable, justo y solidario.

No se puede comulgar dignamente si somos indiferentes ante el pobre o si vivimos en división. La eucaristía debe grabarse en nosotros como un compromiso de servicio.

Anunciar la muerte del Señor “hasta que venga” nos obliga a transformar nuestra existencia para que toda ella sea, en cierto modo, eucarística: entregada, bendecida y compartida con el que sufre.

Hermanos, que recibir la eucaristía nos dé la valentía para construir la paz y defender la vida desde su concepción hasta su término natural. Que nuestra esperanza brille en medio de las contradicciones de este mundo globalizado.

Mons. Lisandro Rivas

Obispo de la Diócesis de San Cristóbal

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