San Román Abad nació en Borgoña, Francia, en el año 390, sus padres fieles creyentes lo criaron con el temor y amor a Dios, de allí que desde niño se forjó en su corazón la rectitud, pureza y honorabilidad que desde siempre lo erigieron como un santo.
Pese a su vocación y disposición no tenía preparación monástica, se fue en busca de nuevos conocimientos de allí que partió en búsqueda de Sabino, un santo abad de Lyon para adquirir esas nociones que afianzarían aún más su fe.
Ya para el momento fue ordenado sacerdote en Besancón por el insigne Hilario de Arlés en tiempos turbulentos para la Iglesia. Ante ésta renuncia a todas las prebendas de su Ordenación sacerdotal y se retira a la soledad para vivir la vida eremítica
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Lo aprendido forjó una devoción superior a la obtenida desde niño y en la búsqueda del cumplimiento del designio de Dios se marchó a los bosques de Jura en la frontera de Francia y Suiza como parte de su sacrificio de entrega y compromiso con sus creencias, en su peregrinación solo llevó algunas herramientas útiles para el trabajo del campo y semillas.
“En aquellas escarpadas montañas de difícil acceso, encontró la soledad que buscaba. A la sombra de un gigantesco pino, pasaba el día en la oración, la lectura espiritual y el cultivo de la tierra. Al principio, sólo las bestias y uno que otro cazador turbaban su retiro; pero pronto fueron a reunírsele su hermano, Lupicino y uno o dos compañeros más. Después llegaron otros muchos aspirantes a la vida eremítica, entre ellos una hermana de san Román y varias otras mujeres”.
Fundador de los monasterios de Condal y Leuconne, San Román inició una peregrinación al actual Saint-Maurice de Valais para visitar el sitio del martirio de la Legión Tebana. En su recorrido curó a dos leprosos; un milagro que le generó una fama que se evidenció a su regreso cuando pasando por Ginebra el obispo, junto al clero y feligreses salieron a su paso para saludar al santo.
Su muerte ocurrió el año 460. Según su deseo, fue sepultado en la iglesia del convento gobernado por su hermano, Lupicino.
Oración
San Román, austero y buen abad, a ti dirigimos confiadamente nuestras oraciones. Recuérdanos ante Dios, Padre todopoderoso y misericordioso.
A ti te confiamos los deseos de nuestro corazón, las necesidades de nuestro tiempo. Tú, que entraste, en total soledad, entre las montañas inexploradas del Jura, llevando contigo el texto de la Sagrada Escritura y los instrumentos de trabajo, ayúdanos a vivir la vida en oración asidua y perseverante, en caridad laboriosa y generosa, amando al silencio que es la patria de Dios.
Tú, que has sido maestro y guía espiritual, pide para nosotros una voluntad renovada de seguir a Jesús, la pasión por la santidad, la audacia de abandonar el mundo del pecado y del mal, la alegría del desierto como lugar de intimidad de amor con el divino Esposo.
Tú, que sin miedo abrazaste a dos leprosos, curándolos de su enfermedad, alcánzanos la gracia de la compasión y el consuelo para toda enfermedad humana.
A vosotros, que con el ejemplo de vuestra vida habéis llevado a tantos al Señor, encomendamos nuestro deseo de ser faros luminosos que señalen la belleza de su rostro y la potencia salvadora de su amor.
Amén.
Carlos A. Ramírez B.


