El Segundo Domingo de Cuaresma nos sitúa en la cumbre del Monte Tabor. Tras el austero inicio en el desierto, la Iglesia nos regala la Transfiguración de Jesús: un destello de gloria en medio del camino penitencial. Este episodio no es una evasión de la realidad, sino la preparación del corazón para lo que vendrá. El Evangelio nos muestra a un Cristo cuyo rostro brilla como el sol.
Ante el miedo y la incertidumbre de los discípulos por el anuncio de la Pasión, el Padre interviene con una orden clara: “Escúchenlo”. En un mundo saturado de ruidos y voces discordantes, la Cuaresma se presenta como la oportunidad de silenciar el ego para escuchar la Palabra que salva. Sin embargo, la fe no puede quedarse en la comodidad de la montaña.
San Pedro, fascinado, quiso construir chozas para retener el momento, pero Jesús los hace bajar al llano. Aquí reside la esencia de nuestra reflexión: la oración debe transformarse en compromiso. No podemos contemplar el rostro transfigurado de Dios si cerramos los ojos ante el rostro desfigurado del prójimo que sufre por la injusticia, la enfermedad o el abandono. Como Iglesia que camina en una sociedad herida por la incertidumbre, este domingo nos pide ser «rostros transfigurados».
¿Reflejamos en nuestra comunidad la luz de Cristo o somos espejos del pesimismo reinante? La Cuaresma es el tiempo propicio para limpiar el rostro de nuestra fe de las manchas del egoísmo y la indiferencia. Que este destello en el Tabor nos sostenga en las semanas que restan. Que la oración sea nuestro monte y la caridad nuestro descenso a la realidad para transformarla. Así sea.
Pbro. José Lucio León
Director de Diario Católico


