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Sacerdocio y Eucaristía: un solo misterio para la vida de nuestra Diócesis

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Como su pastor, y unido al magisterio de la Iglesia, quiero compartir con ustedes una reflexión profunda sobre el misterio que nos convoca cada domingo y que constituye el alma de nuestro caminar cristiano: la Sagrada Eucaristía y su relación indisoluble con el Ministerio Sacerdotal. En este día, 8 de marzo, nos detenemos a contemplar cómo el sacrificio de Cristo en el altar no es solo un rito, sino el motor de nuestra unidad y la fuente de toda vocación.

Vivimos en un tiempo de apertura y diálogo. Damos gracias a la Santísima Trinidad por los avances en el espíritu ecuménico, que nos han permitido acercarnos a hermanos de diversas confesiones cristianas. Sin embargo, la caridad debe caminar siempre de la mano con la verdad. Aunque respetamos profundamente la fe de los hermanos separados, debemos recordar que la Iglesia católica custodia la sustancia genuina del Misterio Eucarístico gracias al sacramento del Orden.

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Por ello, participar en la comunión fuera de la Iglesia católica o pretender reemplazar la Santa Misa con encuentros de oración común, aunque sean actos loables de hermandad, generaría una ambigüedad sobre la naturaleza de la Eucaristía. Nuestra meta es la unidad plena, pero esta no se alcanza ignorando nuestras diferencias, sino dando un testimonio claro de la verdad sacramental. La Misa es un don único que no tiene sustituto.

La Eucaristía es la razón de ser del sacerdocio. Como obispo, observo a mis hermanos presbíteros entregarse día a día en múltiples tareas pastorales. En este mundo acelerado, el sacerdote corre el riesgo de la dispersión, de perderse en el activismo. ¿Dónde encuentra el sacerdote su centro? En la caridad pastoral que brota del sacrificio del altar.

Exhorto a los sacerdotes y al pueblo de Dios a valorar la celebración cotidiana de la Eucaristía. Incluso cuando el sacerdote la celebra en soledad, es un acto de Cristo y de la Iglesia que sostiene al mundo. Allí, en la paz del sacrificio eucarístico, el presbítero encuentra la energía espiritual para sobreponerse a las tensiones diarias. Cada jornada debe ser verdaderamente eucarística para que el ministerio no se agote.

Es doloroso ver comunidades que, aun siendo parroquias vibrantes, carecen de un sacerdote que las guíe de forma permanente. Sabemos que nuestros laicos y religiosos realizan una labor heroica animando la oración y manteniendo viva la fe; esto es un ejercicio loable del sacerdocio común de todos los bautizados. Pero estas soluciones deben ser siempre provisionales.

Una comunidad sin sacerdote es una comunidad que anhela su identidad plena, pues solo el presbítero actúa in persona Christi para ofrecernos el Pan de Vida. Esta carencia no debe desanimarnos, sino impulsarnos a pedir con más fervor: «Señor, envía obreros a tu mies”. La pastoral vocacional debe ser el corazón de nuestras parroquias. El ejemplo de un sacerdote que celebra con esmero y fervor es el mayor incentivo para que un joven responda con generosidad al llamado de Dios.

Finalmente, pido a quienes tienen responsabilidades pastorales en ausencia de ministros ordenados que no permitan que el pueblo se acostumbre a la falta de la Misa. Su misión es mantener viva la «hambre de la Eucaristía». Que no se pierda ninguna ocasión de celebrar el Santo Sacrificio cuando un sacerdote esté presente.

Hermanos, no construimos comunidad cristiana si no tenemos como raíz y centro la sagrada Eucaristía. Que María, Nuestra Señora de la Consolación, nos enseñe a valorar este tesoro inestimable y mueva los corazones de nuestros jóvenes para que nunca falte en nuestro Táchira.

Mons. Lisandro Rivas

Obispo de la Diócesis de San Cristóbal

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