Como su pastor, al contemplar la riqueza de nuestra fe en estas tierras tachirenses, me detengo hoy a reflexionar con ustedes sobre un don que es, al mismo tiempo, una gran responsabilidad: la fidelidad en la celebración de la Eucaristía.
Nuestra Iglesia es joven y vibrante. He sido testigo de cómo en nuestras montañas, en nuestras aldeas y en nuestras ciudades, la eucaristía se hace alimento para el pueblo, adoptando nuestras sensibilidades y estilos. El Concilio Vaticano II nos enseñó que la fe debe encarnarse en la cultura para dar frutos. Pero cuidado: este trabajo de adaptación no puede ser un experimento al azar.
El «tesoro» que recibimos en el altar es demasiado precioso para arriesgarlo. La eucaristía no solo alimenta a las personas, sino que plasma la cultura misma. Sin embargo, esta adaptación debe hacerse siempre con la mirada puesta en el inefable misterio. No podemos permitir que la riqueza del sacramento se empobrezca por prácticas que no hayan sido debidamente comprobadas por la autoridad de la Iglesia. Nuestra liturgia en San Cristóbal debe estar siempre en sintonía con la Iglesia Universal y la Santa Sede, porque la fe que celebramos es una sola.
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Quiero dirigirme con especial afecto y firmeza a mis hermanos sacerdotes. Nosotros presidimos in persona Christi, y eso nos exige un servicio de comunión que trasciende nuestra propia creatividad. A veces, por un malentendido sentido de libertad o por reaccionar contra un supuesto «formalismo», se cae en la tentación de introducir innovaciones no autorizadas.
Hermanos, la liturgia no es propiedad privada de nadie: ni del celebrante, ni de la comunidad. Cuando un sacerdote celebra fielmente la misa según las normas, y la comunidad se adecua a ellas, están dando un testimonio silencioso pero elocuente de su amor por la Iglesia. La obediencia a las normas litúrgicas es el reflejo de la unidad de la Iglesia. San Pablo ya reprendía a los Corintos cuando sus faltas en la celebración llevaban a divisiones y facciones. No permitamos que nuestras celebraciones pierdan su carácter sagrado por arbitrios personales.
El misterio confiado a nuestras manos es demasiado grande para tratarlo a nuestro antojo. Las normas litúrgicas son la expresión concreta de la auténtica eclesialidad de la eucaristía. Al seguirlas, no estamos cumpliendo leyes frías, sino que estamos custodiando el carácter sagrado y universal del Sacrificio de Cristo.
Hago un llamado a redescubrir el valor de la rúbrica y del rito, no como una carga, sino como el cauce por donde fluye la gracia de Dios sin obstáculos humanos. Que, en cada una de nuestras parroquias, la santa misa sea un oasis de orden, belleza y fidelidad, donde el pueblo de Dios pueda encontrarse verdaderamente con su Señor.
Que Nuestra Señora de la Consolación nos enseñe la docilidad del corazón para recibir y custodiar este misterio, para que nuestra Diócesis sea siempre un icono viviente de la unidad de la Iglesia.
Mons. Lisandro Rivas
Obispo de la Diócesis de San Cristóbal


