El 30 de abril del año 2000, San Juan Pablo II instituyó en la Iglesia universal la celebración de la Fiesta de la Misericordia el segundo domingo de Pascua. Este día fue canonizada Santa Faustina Kowalska (1905-1938), la religiosa polaca a quien Jesús encomendó la misión de propagar esta devoción que tiene como centro recordar que “Dios nos ama a todos sin importar la magnitud de nuestros pecados” y que es posible alcanzar el perdón, si hay un arrepentimiento sincero.
El culto a la Divina Misericordia está fundamentado en la Palabra de Dios, especialmente en los evangelios: “Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia” (Mateo 5,7) y “sean misericordiosos como su Padre es misericordioso” (Lucas 6,36). Las formas de culto están plasmadas en el Diario de Santa Faustina, texto que registra las apariciones y revelaciones de Jesucristo a la religiosa.
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«Deseo que la Fiesta de la Misericordia sea refugio y amparo para todas las almas y, especialmente, para los pobres pecadores. Ese día están abiertas las entrañas de Mi misericordia (…) que ningún alma tenga miedo de acercarse a Mí, aunque sus pecados sean como escarlata» (Diario, 699).
Con motivo de esta celebración, el presbítero Luis Toro, párroco de la iglesia de La Florida, nombrado por el Papa Francisco como Misionero de la Misericordia en el año 2016, compartió con Diario Católico la significación de esta devoción y el sentido pragmático que representa en la vida del cristiano.
¿Qué significa la misericordia?
“La misericordia significa un corazón que ama, no a la miseria, sino al que está lleno de miseria, es decir el que ha caído en el pecado y la maldad. Es la disponibilidad de perdonar, de abrazar al que ha hecho un daño. Se trata de no juzgar, no condenar, sino abrazar”.

En este sentido, el Diario de Santa Faustina (1074) refiere lo expresado por Nuestro Señor Jesucristo: “Soy el amor y la misericordia misma” y más adelante señala: “Ven y toma las gracias de esta fuente con el recipiente de la confianza. Jamás rechazaré un corazón arrepentido” (Diario 1485)
¿Es más grande la misericordia que el amor?
El Padre Toro explica que la misericordia es una parte del amor. “El que ama es misericordioso, pero el amor abarca algo más grande todavía, porque no es solo ser compasivo con el que falló, sino que además conlleva un sacrificio por ayudar a alguien haciendo un esfuerzo para hacer caridad, para ayudar al pobre, al enfermo, al necesitado”.
Acota que el sacrificio que conlleva el amor es el hacer las cosas “siempre y cuando me cuesten». Y una de las cosas que más cuestan es perdonar, aceptar al que me ha hecho daño. Por eso el amor es más grande”.
Dios nos pide ser misericordiosos ¿cómo hacerlo?
El padre Luis Toro señala que llevar a la práctica la misericordia comienza por “no llevar cuentas de los delitos de aquellos que nos han hecho daño, no juzgar, no condenar, sino ser capaces de entender al otro, sabiendo que es humano y que también se puede equivocar”.

Y continúa: “Dios no nos ha nombrado jueces para sentenciar o condenar. Debemos ser misericordiosos como Dios es misericordioso. Nuestro Señor Jesucristo decía: “perdonen y serán perdonados” en eso consiste la capacidad de tener misericordia y el tener que hacerlo”.
¿Qué aprender de Santa Faustina y de la devoción a la Divina Misericordia?
Para el sacerdote misionero de la misericordia, la celebración de esta fiesta anima en primer lugar a “valorar la misericordia de Dios, a saber que Dios no se cansa de perdonar, sino que nosotros nos cansamos de pedir perdón”.

Añade que, a partir del testimonio de Santa Faustina “podemos aprender a decirle al mundo que por muy pecadores que seamos, siempre los brazos de Dios están abiertos para nosotros, siempre y cuando reconozcamos nuestras fallas y pidamos el perdón. Dios no es un verdugo que está esperando el momento de la falla para castigarnos, sino es un padre amoroso que está dispuesto a abrazarnos, a recibirnos, perdonando y no llevando cuentas del mal”.
La imagen
El 22 de febrero de 1931, Santa Faustina Kowalska vio a Jesús vestido con una túnica blanca, la mano derecha levantada para bendecir y la izquierda sobre su pecho, desde donde salían dos grandes rayos, uno rojo y otro pálido. El Señor le indicó que pintara una imagen según ese modelo y colocara la frase: Jesús, en Ti confío. “Deseo que esta imagen sea venerada primero en su capilla y en el mundo entero” (Diario, 47).
Los rayos simbolizan la sangre y el agua que brotaron del costado de Jesús crucificado, cuando su corazón fue traspasado por la lanza. La sangre que redime y el agua que justifica. “Esta imagen ha de recordar las exigencias de Mi misericordia, porque la fe sin obras, por fuerte que sea, es inútil” (Diario, 742).
La coronilla
En septiembre de 1935, Cristo dictó a Santa Faustina esta plegaria para aplacar la ira divina: “Padre eterno, te ofrezco el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de tu Amadísimo Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, como propiciación de nuestros pecados y los del mundo entero” (Diario, 476). Y pidió que animara a las almas a rezarla confiadamente: “A través de ella obtendrás todo, si lo que pides está de acuerdo con mi voluntad” (Diario 1731).
Ana Leticia Zambrano


