Este es un peregrinaje por una de las devociones más influyentes del catolicismo moderno. No es solo una moda espiritual del siglo XX, sino la evolución de una idea que ha buscado presentar el rostro más amable de la divinidad en tiempos de oscuridad.
En algún momento, alguien, algo desorientado, me comentaba que el culto a la Divina Misericordia era la versión posmoderna del culto al Sagrado Corazón de Jesús. Comentario que me resultó espesamente odioso, pero que me permitió vislumbrar la clara vinculación entre ambos. Sobre esa vinculación van estas líneas.
Aunque la fiesta oficial que hoy celebramos es reciente, la prehistoria del culto se remonta al siglo XIII. Para poder comprender la Divina Misericordia, primero hay que mirar el Sagrado Corazón de Jesús. Mientras que Santa Faustina es, podríamos decir, la “secretaria” de la Misericordia, Santa Gertrudis Magna es considerada la “Teóloga del Corazón de Jesús”.
Santa Gertrudis vivió en una época donde la imagen de Dios era predominantemente la del Juez Justo. Ella rompió ese esquema con su obra El Heraldo del Amor Divino, donde va a presentar a un Cristo cuya característica principal es la pietas, que en latín no solo es piedad, sino una ternura entrañable y misericordiosa.
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Santa Gertrudis tuvo una visión de San Juan Evangelista. Al notar que el apóstol no había escrito nada sobre los latidos del corazón de Jesús, pese a haberse recostado en su pecho durante la Última Cena, ella le preguntó el porqué. San Juan le respondió: «El significado de esos latidos se ha reservado para que sea revelado en los tiempos modernos, cuando el mundo, envejecido y enfriado en el amor de Dios, necesite ser calentado de nuevo por la revelación de estos misterios».
En 1673, en Francia, Santa Margarita María Alacoque recibió revelaciones que mostraban un Dios que «quemaba de amor» por los hombres. En ese contexto, el énfasis estaba en la reparación, ya que, según nos señala la santa, el hombre debía consolar a un Dios ofendido por los pecados. Sin embargo, a medida que el mundo avanzaba hacia la modernidad y al abismo de las guerras mundiales, la perspectiva cambió. Si el Sagrado Corazón destacaba el amor que espera reciprocidad, la Divina Misericordia enfatiza el amor que sale al rescate del que no tiene nada que ofrecer. Contemplamos aquí el paso de la “justicia reparadora” a la “confianza absoluta”.
La historia formal del culto a la Divina Misericordia comienza en la Polonia de entreguerras (1931). Una religiosa sencilla y con poca educación, Faustina Kowalska, afirma haber visto a Jesús con una túnica blanca y dos rayos —uno rojo y uno pálido— saliendo de su corazón. El Diario y la Imagen son los dos pilares materiales que sostienen la difusión de esta devoción. Representan la palabra y la visión, el mensaje escrito y la síntesis visual de una teología que busca ser accesible para todos.
El cuaderno, que posteriormente sería señalado como Diario de la Misericordia, no fue concebido originalmente como una obra literaria, sino como un ejercicio de obediencia. Santa Faustina, una mujer con apenas tres años de instrucción escolar básica, escribió por orden de su confesor, el padre Miguel Sopoćko, y de Jesús mismo.
El manuscrito original consta de seis cuadernos escritos entre 1934 y 1938. Cuadernos que muestran un estilo directo, a veces fragmentario, alternando entre descripciones de visiones, diálogos internos con Dios y reflexiones sobre la vida cotidiana en el convento. La imagen no se trata de un simple retrato; es una síntesis visual de la Pasión y la Resurrección del Señor. Santa Faustina relató que Jesús se le apareció tal como aparece en el cuadro el 22 de febrero de 1931.
Tanto en el Diario como en la Imagen, la clave maestra es la frase al pie del cuadro: “Jesús, en vos confío”. Para ella, esta frase es el recipiente con el que las personas pueden sacar agua de la fuente de la misericordia. No es una oración compleja, sino un acto de voluntad: la confianza absoluta. Paz y bien, a mayor gloria de Dios.
Valmore Muñoz Arteaga


