Queridos hijos e hijas de nuestra amada Iglesia particular de San Cristóbal, pueblo de fe que camina entre la neblina y la luz de nuestras montañas andinas:
Como su pastor, me es grato volver a encontrarnos en la reflexión de este Misterio que es el corazón de nuestra fe. El Catecismo nos regala hoy una serie de nombres que no son simples etiquetas, sino llaves que abren las dimensiones más profundas de la eucaristía.
Cada vez que celebramos en nuestras parroquias, estamos ante el memorial de la pasión y de la resurrección, no como un recuerdo lejano, sino como la presencia viva del Señor que vence a la muerte hoy mismo.
1. El Santo Sacrificio: Nuestra ofrenda pura
Llamamos a la eucaristía el santo Sacrificio, porque en ella se actualiza el único y definitivo sacrificio de Cristo. Pero fíjense bien, amados hermanos: este sacrificio incluye también la ofrenda de la Iglesia. En la patena, junto al pan, van sus cansancios, sus luchas por el pan de cada día, sus anhelos por una Venezuela mejor y sus alegrías familiares.
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Es el sacrificio de alabanza, una ofrenda espiritual y pura que supera todo lo antiguo. Cuando el sacerdote eleva la Hostia en el altar, toda la Diócesis se eleva con Cristo hacia el Padre. Es el momento en que nuestro trabajo cotidiano se hace sagrado.
2. Santa y Divina Liturgia: El centro de todo
Este sacramento es la santa y divina liturgia, la expresión más densa y hermosa de nuestra fe. Por eso hablamos del santísimo sacramento, porque es el sacramento de los sacramentos.
En cada sagrario de nuestro Táchira, desde la Catedral hasta la capilla más remota de la frontera, se guarda este misterio. Es la presencia real que nos espera en el silencio para darnos consuelo. No estamos ante un objeto, sino ante una Persona que nos ama.
3. Comunión: Medicina de Inmortalidad
Uno de los nombres que más amamos es el de Comunión. Al participar del cuerpo y la sangre de Cristo, nos unimos a Él y, por consecuencia necesaria, nos unimos entre nosotros para formar un solo cuerpo. San Ignacio de Antioquía la llamaba con una frase que siempre me ha conmovido: «medicina de inmortalidad».
En medio de nuestras fragilidades de salud, de nuestras angustias y de la finitud de la vida, la Eucaristía es el alimento que sana el alma y nos prepara para la eternidad. Es el pan de los ángeles y el viático para el camino. El cristiano no camina solo ni desnutrido; camina con la fuerza de Dios en sus entrañas.
4. La santa misa
Finalmente, la llamamos Santa Misa. Este nombre proviene de la palabra «missio» (envío). La liturgia no termina con el amén final, sino que allí comienza nuestra verdadera tarea. Se nos envía a cumplir la voluntad de Dios en la vida cotidiana.
Hermanos, no se puede salir de la misa igual que como se entró. Si hemos recibido la «Medicina de inmortalidad», debemos ser nosotros medicina para el que sufre. Si hemos participado del «Sacrificio de alabanza», nuestra vida debe ser un canto de gratitud. La Misa nos impulsa a ir a nuestras casas, a nuestras oficinas, a nuestros campos, a ser testigos de que la vida ha vencido.
Que la Virgen de la Consolación nos enseñe a vivir cada santa misa como el envío gozoso a transformar nuestra realidad con el amor de Cristo.
Mons. Lisandro Rivas– Obispo de la Diócesis de San Cristóbal


