En medio de un mundo fragmentado por el individualismo y la prisa, la Solemnidad del Corpus Christi emerge no como el recuerdo de un hecho pasado, sino como el recordatorio de la cercanía radical de Dios. Al salir a nuestras calles, la Custodia no busca el aislamiento de los altares; busca el asfalto, el clamor de la ciudad y el rostro del hombre de hoy, sediento de esperanza y comunión auténtica.
El misterio que celebramos sacude nuestra indiferencia. En un tiempo marcado por la virtualidad y los vínculos efímeros, la eucaristía nos ofrece la presencia real, física y entregada de Jesucristo. Es el «Dios con nosotros» que se hace alimento sencillo para recordarnos que ninguna herida humana le es ajena. Él habita en las alegrías de nuestras familias, pero también en la angustia del desempleado, la soledad del anciano y el vacío existencial de tantos jóvenes.
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Comulgar con el cuerpo de Cristo exige, por lo tanto, comulgar con su misma vida de entrega. No podemos adorar el pan consagrado en el templo si cerramos los ojos ante el hermano que carece del pan material y de la dignidad más elemental. Esta Solemnidad del Corpus Christi nos transforma en sagrarios vivientes llamados a sanar las fracturas sociales desde la caridad, la justicia y el servicio compartidos.
Que esta celebración no sea solo un rito exterior, sino el compromiso renovado de la Iglesia de ser bálsamo y luz. Que el hombre de hoy vea en cada comunidad católica un reflejo de esa Mesa Santa: un lugar de acogida, reconciliación y amor sin condiciones. Así sea.
Pbro. José Lucio León


