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El memorial sacrificial de Cristo y de su Cuerpo, que es la Iglesia

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Me dirijo a ustedes una vez más con la alegría de compartir la mesa de la Palabra y de la fe, contemplando juntos el misterio que sostiene el palpitar de nuestra Iglesia. Hoy los invita a entrar en el misterio más profundo de la santa Misa: la Eucaristía como el memorial del sacrificio de Cristo y de su cuerpo, que es la Iglesia.

Para nosotros, los cristianos, la palabra «memorial» no significa simplemente hacer un ejercicio de nostalgia o recordar un acontecimiento del pasado que ya terminó. No. En el sentido de las Sagradas Escrituras, el memorial es la proclamación activa de las maravillas de Dios, una celebración litúrgica donde el pasado se hace presente, vivo y actual en el aquí y el ahora. Así como el pueblo de Israel, al celebrar la Pascua, hacía presente la liberación de Egipto para conformar su vida a esa salvación, en el Nuevo Testamento este misterio alcanza su plenitud.

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Cuando nos reunimos en torno al altar, la Pascua de Cristo se hace presente en medio de nosotros. El sacrificio que Jesús ofreció de una vez para siempre en la cruz del Calvario permanece eternamente actual. Hermanos, ¡qué asombroso milagro ocurre en cada rincón de nuestra diócesis donde se celebra la Misa! No estamos repitiendo la cruz, ni estamos presenciando un sacrificio diferente; cada vez que el pan y el vino se consagran, se realiza de nuevo la obra de nuestra redención. El mismo Cristo que se entregó por nosotros hace dos mil años se hace cercano, real y palpable hoy.

La Eucaristía es, por tanto, un verdadero sacrificio. Esto no es una idea abstracta; está grabado en las palabras mismas de la institución que el sacerdote pronuncia en el altar: «Esto es mi Cuerpo que será entregado por vosotros», y «Esta copa es la nueva alianza en mi sangre, que será derramada por vosotros». En cada comunión, el Señor no nos da un símbolo, sino que se nos entrega en el mismo cuerpo que fue clavado en la cruz y nos ofrece la misma sangre derramada para el perdón de nuestros pecados.

Por eso, el Concilio de Trento nos enseña con absoluta claridad que el sacrificio de la cruz y el sacrificio de la Eucaristía son un único y solo sacrificio. La víctima es exactamente la misma. El mismo Jesús que se ofreció de modo cruento, con derramamiento de sangre en el altar de la cruz, es quien hoy se ofrece de modo incruento a través del ministerio de nosotros, sus sacerdotes. Solo cambia el modo de ofrecerse.

Hermanos, comprender este misterio debe transformar nuestra vida diaria. El altar no es un escenario lejano; es el lugar donde el cielo toca la tierra y donde el amor extremo de Dios se derrama sobre nuestras fragilidades cotidianas.

En una Venezuela sedienta de reconciliación, justicia y paz, este memorial nos urge a convertirnos nosotros mismos en ofrendas vivas. Al participar de este divino sacrificio, estamos llamados a unir nuestros dolores, nuestros esfuerzos y nuestras esperanzas al sacrificio de Cristo.

Que al salir de cada celebración eucarística, llevemos en el corazón la fuerza de este memorial, convirtiéndonos en constructores de puentes, en consuelo para el que sufre y en signos visibles de ese amor entregado hasta el extremo.

 Mons. Lisandro Rivas

Obispo de la Diócesis de San Cristóbal

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