En el Evangelio del XX Domingo del Tiempo Ordinario (Mt 15, 21-28), encontramos la conmovedora súplica de la mujer cananea. Frente al silencio inicial y la aparente distancia, su fe inquebrantable y humilde logra conmover el corazón del Redentor. Ella no se rinde ante la adversidad; insiste con esperanza porque sabe en quién ha puesto su confianza.
Esta escena resuena de manera profunda en la realidad contemporánea de Venezuela y Colombia. Ambas naciones hermanas atraviesan momentos de intensa prueba: junto a los desafíos migratorios y la incertidumbre que a menudo desgasta la serenidad de nuestras familias, se une la situación que se vive ante los sismos y los terremotos.
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Como la cananea, miles de madres, padres y jóvenes elevan a diario un clamor silencioso pero firme: «¡Señor, ayúdame!»
Sin embargo, el relato bíblico nos recuerda que la gracia de Dios trasciende toda frontera y exclusión. La respuesta favorable de Cristo a una mujer extranjera nos invita a superar las barreras del desánimo y del egoísmo. En medio de las encrucijadas históricas de nuestras tierras, la esperanza cristiana no es una ilusión pasiva, sino una fuerza viva que impulsa la solidaridad, la fraternidad transfronteriza y la perseverancia en el bien.
Ante las pruebas del presente, mantengamos encendida la lámpara de la oración y el trabajo honesto. Que la confianza heroica de aquella madre nos enseñe a acudir al Maestro sin desmayar, seguros de que cuando la fe se mantiene firme, la misericordia de Dios abre caminos donde solo parecía haber dificultades. Así sea.
Pbro. José Lucio León
Director


