“Dijeron al Amigo: ¿qué es el amor? Y el Amigo miró; y en la mirada estaba la respuesta, y también la herida.» Esta es una de las más hermosas líneas de la obra Libro del Amigo y el Amado de Ramón LLul. Una línea que nos impulsa a hacernos, una vez más, la pregunta por el amor.
La pregunta es tan vieja como el lenguaje y tan inútil como cualquier intento de encerrar el mar en una jarra. Nuestra lengua, como casi todas las modernas, usa una sola palabra para la ternura de una madre, el deseo de dos amantes, la lealtad de un amigo, la entrega de un creyente y el gusto por un plato de comida. Los griegos distinguieron al menos eros, philía y ágape; los maestros medievales añadieron matices sin cuento amor, caritas, dilectio, amicitia, affectus-, no por afán de erudición, sino porque intuían que llamar “amor” a todo es una manera de dejar de ver.
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Cuando nos quedamos contemplando el título de este texto, nos damos cuenta de que propone un gerundio y no un sustantivo. No dice «el amor visto», como quien presenta un objeto ya examinado, sino «mirando», una acción que sigue en marcha mientras se escribe y se lee.
En esa palabra caben tres movimientos que todas las tradiciones espirituales conocen bien. El primero es mirar el amor. Detenerse ante él como ante una llama, sin apagarla para analizarla. El segundo es mirarse en el amor, porque amar es también un espejo en el que el alma descubre lo que es y lo que le falta. El tercero, el más hondo, es ser mirado, es decir, la certeza de que antes de que nosotros busquemos, alguien ya nos ha visto y nos ha querido.
En este punto, vienen a mi mente algunas líneas del Cantar de los Cantares. Un libro que, pese a estar en la Biblia, no contiene leyes ni profecías ni relatos de salvación. Contiene dos amantes que se buscan, un coro de mujeres que comenta, jardines, viñas, gacelas, mirra y granadas. Casi no nombra a Dios; y sin embargo la tradición judía lo colocó, por boca del rabino Akiba, en el «santo de los santos» de las Escrituras, y la cristiana lo leyó desde Orígenes como el diálogo entre el alma y su Esposo. Esa doble lectura -humana y divina, erótica y espiritual- no es un malentendido de los intérpretes, está inscrita en la forma misma del poema, que se niega a separar lo que la vida ha unido.
Tres rasgos de su poética me importan en este momento. El primero es la dinámica de la búsqueda. La amada busca al amado por la noche, no lo encuentra, recorre la ciudad, es herida por los guardianes, y al fin lo halla y no quiere soltarlo. El deseo, aquí, no se cumple para extinguirse; se cumple para volver a nacer. El segundo rasgo es la transfiguración recíproca del cuerpo y del mundo.
El amado es un cervatillo que salta por los montes, la amada un huerto cerrado, una fuente sellada; el paisaje entero se vuelve cuerpo y el cuerpo, paisaje. Y el tercero es la fuerza declarada en su cima. El amor es «fuerte como la muerte», sus destellos son destellos de fuego, y ni las muchas aguas podrán apagarlo. El poema no explica esa fuerza; la enuncia, y su enunciado es ya una manera de conocerla.
Pienso ahora en Rabia al-Adawiyya, mujer que figura entre las voces más altas del sufismo y a quien la tradición atribuye una oración célebre: si adoro a Dios por miedo al infierno, que me arroje en él; si lo adoro por esperanza del paraíso, que me excluya; pero si lo adoro por Él mismo, que no me niegue su belleza eterna.
Es el amor sin porqué, sin miedo ni recompensa. Ese amor, como vemos, no se posee; se busca, se pierde y se vuelve a encontrar. Paz y bien, a mayor gloria de Dios.
Valmore Muñoz


