Queridos hermanos y hermanas en Cristo Jesús, paz y bien para todos ustedes. La Iglesia nos invita a posar la mirada y el corazón en la presencia real, viva y latiendo de Nuestro Señor Jesús en el Sagrario.
El Sagrario, ese lugar silencioso pero profundamente elocuente de nuestros templos, no es un mero adorno ni un cofre antiguo; es la morada del Dios con nosotros, el Emmanuel que ha querido quedarse para no dejarnos huérfanos.
Si en sus orígenes estuvo destinado a preservar el pan de vida para consolar a los enfermos y ausentes, la profundización de la fe nos ha llevado a comprender que allí, bajo la humildad de las especies eucarísticas, habita el rey de reyes en espera de nuestra compañía. Por eso, el Sagrario exige un lugar digno, noble y destacado en nuestros templos, porque manifiesta la verdad más conmovedora de nuestro credo Cristo no se ha ido, permanece velado pero real entre nosotros.
¡Qué grande y admirable es este condescendiente amor de Dios! Sabiendo que debía partir bajo su forma visible y ofrecerse en la cruz por nuestra salvación, no quiso dejarnos solos en el camino. Quiso dejarnos el memorial vivo del amor con que nos amó «hasta el fin» (Jn 13, 1). Cada vez que pasamos ante el tabernáculo, nos encontramos con aquel que entregó su vida por cada uno de nosotros.
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Como nos recordaba con tanto ardor el Santo Papa Juan Pablo II “la Iglesia y el mundo tienen una gran necesidad del culto eucarístico. Jesús nos espera en este sacramento del amor”.
En un mundo convulso, lleno de ruidos, prisas, incertidumbres y dolores, ¡cuánta falta nos hace el silencio adorador del Sagrario! No escatimemos tiempo para ir a su encuentro. Detengámonos ante Él para descansar el alma, para reparar las ofensas del mundo, para presentarle nuestras familias, nuestros enfermos y nuestras necesidades.
Esta presencia verdadera del cuerpo y la sangre de Cristo no es algo que nuestros ojos físicos o nuestros sentidos puedan captar. Como bien decía San Tomás de Aquino, solo se conoce por la fe, apalancada en la autoridad suprema de Dios.
Frente al misterio de la Eucaristía, las palabras del santo Salvador trascienden nuestra lógica humana: «Esto es mi Cuerpo que será entregado por vosotros». Y como afirmaba San Cirilo de Alejandría, no debemos dudar de su veracidad, sino acoger con humildad y fe sincera la promesa de Aquel que es la Verdad misma y no miente.
Les animo, queridos fieles, a renovar el amor al Santísimo Sacramento. Que cada visita al Sagrario sea un acto de fe viva, un abrazo espiritual con Jesús que nos espera siempre con los brazos abiertos.
Les envío mi bendición de pastor en el nombre del padre, y del hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
Mons. Lisandro Rivas
Obispo de la Diócesis de San Cristóbal


