Queridos hermanos y hermanas en Cristo Jesús, paz y bien para todos en el Señor. En la Iglesia Local se abre ante nosotros la dimensión más luminosa y esperanzadora de nuestra fe que es la Eucaristía como Pignus futurae gloriae, es decir, como la garantía, el anticipo y la prenda segura de la gloria celestial que nos aguarda.
En la tradición litúrgica aclamamos con amor: ¡Oh sagrado banquete, en que Cristo es nuestra comida! En este altar no solo hacemos memoria agradecida de la pasión del Señor, ni solo nos llenamos de su gracia en el presente; aquí se nos regala una ventana abierta hacia la eternidad. Cada vez que participamos del Santo Sacrificio, tocamos con manos humanas lo que un día viviremos en la plenitud del reino de Dios.
Jesús mismo, en la última cena, dirigió la mirada de sus discípulos hacia el horizonte definitivo cuando prometió beber el fruto de la vid de nuevo con nosotros en el Reino de su Padre. Por eso, la Eucaristía tiene un acento profundamente escatológico; es la oración ardiente de una Iglesia que camina en la historia, pero suspirando por el cielo. En cada Misa, el corazón del creyente clama con la Didaché y el Apocalipsis: ¡Marana tha! ¡Ven, Señor Jesús!
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Sabemos con certeza de fe que el Señor ya está presente entre nosotros en el Santísimo Sacramento del Altar. Sin embargo, esta presencia permanece velada a nuestros ojos mortales bajo las especies del pan y del vino. Por eso la celebramos “mientras esperamos la gloriosa venida de Nuestro Salvador Jesucristo”. Es la espera gozosa de quien sabe que las pruebas, las fatigas, el dolor y las lágrimas de este mundo no tienen la última palabra.
La eucaristía nos consoló con la promesa de la Plegaria Eucarística III: en el reino eterno, Dios mismo enjugará toda lágrima de nuestros ojos y, al contemplarlo tal como es, seremos para siempre semejantes a Él.
Hermanos, en medio de las dificultades y vicisitudes que atravesamos como pueblo de Dios, no tenemos un signo más manifiesto de la renovación de todas las cosas que el Santo Sacramento. Como nos enseñaba San Ignacio de Antioquía, al partir el mismo pan recibimos el “remedio de inmortalidad, el antídoto para no morir, sino para vivir en Jesucristo para siempre”.
Que la celebración madura y fervorosa de la eucaristía renueve en cada uno de ustedes, en sus familias y en nuestras comunidades parroquiales, el anhelo de santidad y la esperanza firme en los cielos nuevos y la tierra nueva donde habitará la justicia. Comulgar es abrazar la eternidad desde el presente.
Mons. Lisandro Rivas
Obispo de la Diócesis de San Cristóbal


