Con espanto veo cómo un fantasma terrible se pavonea descaradamente por el alma del venezolano. Frente a la crisis que atravesamos como pueblo, nuevamente la figura del gendarme necesario muestra su rostro. Esa figura oscura de nuestra historia que nos vuelve a recordar que solo figuras como Juan Vicente Gómez o Marcos Pérez Jiménez, son capaces de poner orden y conducirnos a un progreso material que nos dispense felicidad inagotable. Esto, a pesar de todo, lo comprendo. Lo que me cuesta digerir es que el riesgo de comprometer nuestras libertades sea tan poco estimado, tan poco valorado.
Esta circunstancia lamentable, me ha llevado a recordar a tantos hombres y mujeres que vivieron con intensidad aventuras políticas que prometieron mejoras materiales sustanciales, pero a un costo terrible. En un mundo marcado por crisis económicas recurrentes, desigualdades crecientes y una búsqueda frenética de seguridad material, el magisterio de Benedicto XVI ofrece una reflexión profunda sobre las raíces espirituales y culturales que deben sostener toda sociedad humana.
Joseph Ratzinger, desde su experiencia como testigo del colapso de la democracia de Weimar y el ascenso del nazismo, comprendió con claridad profética cómo los pueblos pueden entregarse a políticas aventuradas que les arrebatan la libertad, con tal de mantener o recuperar cierto estatus económico. A través de sus tres encíclicas, Benedicto XVI desarrolló una antropología cristiana que coloca la verdad, la caridad y la esperanza como fundamentos indispensables para un desarrollo humano auténtico.
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Desde su homilía como Decano del Colegio Cardenalicio, el 18 de abril de 2005, Benedicto XVI advirtió sobre lo que llamaría la dictadura del relativismo. Una atmósfera cultural que no reconoce nada como definitivo y que deja como última medida solo el propio yo y sus antojos. Esta expresión, que se convirtió en uno de los lemas de su pontificado, describe una sociedad donde toda afirmación de verdad es sospechosa de autoritarismo, y donde el testimonio cristiano aparece como amenaza al consenso superficial de lo políticamente correcto.
Para Ratzinger, el relativismo no es una postura filosófica inocente. Tiene consecuencias políticas concretas: “renunciar a la verdad no solo no solucionaba nada, sino que además se corría el peligro de acabar en una dictadura de la voluntad”. Cuando una sociedad pierde la capacidad de discernir entre verdad y error, entre bien y mal, queda expuesta a manipulaciones ideológicas que prometen seguridad económica a cambio de libertad.
El núcleo del pensamiento social de Benedicto XVI es la relación inseparable entre verdad y libertad. En Caritas in veritate afirma: “La fidelidad al hombre exige la fidelidad a la verdad, que es la única garantía de libertad (cf. Jn 8,32) y de la posibilidad de un desarrollo humano integral”. En tal sentido, denuncia que la relación entre verdad y libertad es esencial, pero hoy se encuentra ante el gran desafío del relativismo, que parece completar el concepto de verdad, pero en realidad amenaza con destruirla, proponiéndose como una verdadera dictadura. Esta dictadura no se ejerce mediante la fuerza bruta, sino mediante la seducción del consumismo y la promesa de satisfacción inmediata.
Señala que el auténtico desarrollo del hombre concierne de manera unitaria a la totalidad de la persona en todas sus dimensiones: económica, social, política, tecnológica, cultural y religiosa-moral. Cuando se prescinde de la dimensión religiosa y espiritual, el desarrollo se vuelve inhumano. Reducirse a la sola satisfacción de las necesidades perfectibles, del tener por el tener, lo reduce a un materialismo frustrante de significado, con todas las consecuencias que esto representa para la salud espiritual, mental y social del hombre.
Para los venezolanos de hoy, atrapados en ciclos de crisis económica y política, y la búsqueda frenética de seguridad material, el mensaje de Benedicto XVI es urgente. Los valores espirituales y culturales no son lujos opcionales, sino condiciones de posibilidad para una libertad auténtica. Solo una sociedad que cultiva estos valores puede resistir la tentación de entregarse a políticas aventuradas que le arrebaten la libertad, con tal de mantener o recuperar cierto estatus económico que, además, pierden todo sentido existencial. Paz y bien, a mayor gloria de Dios.
Valmore Muñoz


