“La historia de su Iglesia es verdaderamente singular”, resaltó el Papa León XIV, quien destacó que la fe germinó en Corea del Sur “espontáneamente” y se desarrolló también “a través de la búsqueda sincera de la verdad por parte de hombres que conocieron los textos cristianos y quisieron saber más sobre Jesucristo”, y “de esa búsqueda surgió el deseo del Bautismo y, del Bautismo, una comunidad que recordaba a la Iglesia de los orígenes”.
“Esta historia nos deja dos palabras: memoria y esperanza”, subrayó el Pontífice, quien reiteró que la memoria cristiana “no es nostalgia, sino gratitud por lo que Dios ha hecho y responsabilidad por lo que Él nos confía hoy”, mientras que la esperanza “no es mero optimismo, sino la certeza de que Cristo resucitó y de que ninguna oscuridad puede tener la última palabra”.
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“La Iglesia en Corea ha crecido gracias al testimonio de los mártires. El pueblo coreano ha demostrado a lo largo de su historia una extraordinaria fortaleza de espíritu: ha atravesado persecuciones, guerras, pobreza y divisiones, sabiendo levantarse y mirar hacia adelante. Iluminada por el Evangelio, esta tenacidad se ha convertido en fortaleza cristiana: la capacidad de atravesar las pruebas sin perder la esperanza y sin permitir que el sufrimiento endurezca el corazón”, remarcó el Papa.
Custodiar la memoria de los mártires
“Custodiar la memoria de los mártires significa permitir que su fe siga viva en nuestras decisiones, en el servicio, en el perdón y en la entrega de nosotros mismos”, les dijo León XIV, quien recordó, en particular, al Venerable Tomás Choe Yang-Eop, el segundo sacerdote de la historia de Corea, recordado como el “mártir del sudor”, pues durante once años recorrió incansablemente los caminos del país “para llegar a comunidades cristianas lejanas y escondidas, llevándoles la Palabra de Dios y los Sacramentos, hasta consumir su vida en el servicio”.
“Su testimonio nos recuerda que existe el martirio de quien ofrece su vida en un instante y aquel, más escondido, de quien la entrega día tras día. Sí, a esto están llamados todos los cristianos”, a “entregar la vida con amor, cada día”, recalcó el Pontífice, quien indicó que “nuestro tiempo necesita precisamente esto: hombres y mujeres que tengan el valor de hacer el bien incluso cuando les cueste”.
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