El Evangelio de este Domingo XXVII del Tiempo Ordinario (Mt 21, 33-43) nos presenta la parábola de los viñadores insensatos. Dios planta una viña perfecta, la rodea con esmero y la confía a manos humanas esperando una cosecha de justicia y amor. Sin embargo, los viñadores pierden la perspectiva, confunden el cuidado con la posesión y rechazan a los enviados, terminando por desechar la piedra angular.
Hoy, la viña más íntima y sagrada que el Señor ha puesto en nuestras manos es la familia. En ella, Dios deposita una tierra fértil donde la fe, el respeto y la misericordia deben brotar cada día. No obstante, al igual que los viñadores de la parábola, corremos el peligro de caer en el egoísmo, priorizar los intereses individuales sobre el bien común y olvidar que los seres que amamos no nos pertenecen: nos han sido confiados para edificarlos con amor.
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La familia está llamada a ser el primer taller de frutos evangélicos. Es en el seno del hogar donde se aprende el valor del perdón, el consuelo en las dificultades y la alegría de compartir. Cristo es la «piedra angular» sobre la cual debe cimentarse toda convivencia; si lo desechamos o lo dejamos al margen de nuestro día a día, la estructura familiar se fragiliza.
En este domingo, abramos el corazón para acoger al Hijo e integrar a Dios en la cotidianidad de nuestras vidas. Cuidemos la viña familiar con gratitud y entrega, para que cuando el Señor pida la cosecha, podamos ofrecerle hogares abundantes en amor, unidad y paz. Así sea.
Pbro. José Lucio León
Director


