En el artículo anterior, afirmamos convencidos que con frecuencia decimos que conocemos el amor porque lo deseamos, lo padecemos o lo nombramos, pero, curiosamente, cuanto más decisivo resulta en una vida, menos se deja reducir a una definición.
Cuando más convencidos creemos estar, más rápido se los diluye entre los dedos. Múltiples han sido las miradas que se han tendido sobre él, algunas, lamentablemente, tan superficiales y vacuas que pudiéramos jurar que buscaban su aniquilación. Pero ha habido otras, mucho más profundas, movidas por la seducción de la verdad, que han acariciado fronteras que, aunque probablemente no nos acercaran mucho a él, sí lo hicieron a nosotros mismos.
Entre esas miradas, quisiera destacar dos para desarrollar estas líneas. Las miradas de Max Scheler y Dietrich von Hildebrand las quiero destacar, en especial, porque parten de una idea concreta de trascendencia sin la cual, a mi juicio, no puede comprenderse el amor. Dos miradas que se desarrollan, pudiéramos decir, mirando al cielo, pero con los pies firmes en la tierra. Miradas que comparten la naturaleza del horizonte como esa línea que se abre frente al hombre donde se abrazan el cielo y la tierra, lo divino y lo terrenal.
Max Scheler fue un filósofo cuya importancia no ha sido del todo reconocida, en especial, al momento de abordar los sentimientos humanos. Para él, el amor no es una sensación ciega, como muchos aseguran, pero tampoco una preferencia subjetiva. Se trata de un acto espiritual mediante el cual se revelan valores. En el amor, el valor de una persona o de una realidad se profundiza y aparece con mayor plenitud.
Por eso el amor no crea arbitrariamente la dignidad del amado, como si ésta dependiera de mi elección; más bien me despierta para reconocer una riqueza que no poseo ni fabrico. En Scheler, amar no consiste ante todo en encontrar en el otro aquello que satisface mi necesidad. Consiste, más bien, en percibir su significación propia y responder a ella. El corazón, en este sentido, equivale a la instancia capaz de una captación afectiva de valor. Scheler sostiene que el amor y el odio son actos emocionales fundamentales para la captación de valores.
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Dietrich von Hildebrand prolonga y precisa este lenguaje de valor. Define el amor como una respuesta afectiva al valor de la persona. La persona amada se presenta como preciosa en sí misma, no como instrumento para la ganancia o la satisfacción del amante, como podemos notar, son palabras que cuestionan de raíz una de las enormes desviaciones de la modernidad. Esta afirmación es crucial: el amor auténtico no pregunta primero “¿qué obtengo de ti?”, sino “¿quién eres tú, cuya existencia merece mi afirmación?”, Von Hildebrand no reduce el amor a una decisión voluntarista de querer el bien ajeno, aunque el querer esté implicado.
El amor nace también del corazón y tiene carácter “superactual”, pues persiste como realidad incluso cuando no pensamos explícitamente en la persona amada. En tal sentido, vemos a un amor que, no solo rechaza el egoísmo que usa al otro como fuente de placer o seguridad, sino que rechaza un altruismo impersonal que consideraría sospechoso el deseo de ser correspondido.
Si hacemos memoria del artículo anterior, comprendemos que, a través de estas miradas, podemos desgranar al amor en tres gestos. Gabriel Marcel enseña que el amor reclama participación y disponibilidad; mientras Scheler, nos muestra cómo el amor revela valores; y Von Hildebrand, que responde a la preciosidad única del amado.
Estas hebras se reclaman mutuamente. Un amor que descubriera valores, pero no se hiciera don. Un don sin reconocimiento del valor personal podría degenerar en sacrificio anónimo o dependencia. Una unión sin respeto a la libertad se convertiría en apropiación. Paz y Bien, a mayor gloria de Dios.
Valmore Muñoz


