Me tropecé, literalmente, con un post en Instagram que comparte un mensaje de la Madre Félix. El mensaje dice: “Deseo que respondáis plenamente a los signos de los tiempos que piden una mayor santidad vertical para levantar hacia arriba el rostro achatado y caído del mundo que nos toca vivir. Tan bello como Dios lo ha hecho y el pobre se afea de tanto mirar abajo”. Me resultó muy curioso, ya que, en el colegio escogimos el lema «Levantad la mirada» para surcar los mares correspondientes a esta nueva travesía del año escolar.
En cuatro líneas, condensa una teología de la historia, una antropología y una espiritualidad. Lo hace con el lenguaje directo de quien ha dedicado la vida a educar. Una sencillez engañosa. Detrás de cada expresión hay una tradición que la sostiene. Mostrar que la intuición de una santidad vertical que levante el rostro del mundo está arraigada en el Evangelio, iluminada por los Padres de la Iglesia, madurada en la mística cristiana y confirmada por el Magisterio.
El verbo inicial es sobrio y a la vez exigente. «Deseo» no es una orden, sino el lenguaje de una madre espiritual. Pero «responder» presupone que alguien ha llamado primero. La santidad, en esta perspectiva, no es una conquista, es una respuesta; el sujeto principal es Dios que interpela, y el adverbio «plenamente» excluye las respuestas a medias, calculadas, defensivas. Nos habla de «signos de los tiempos» expresión que procede del Evangelio (Mt 16,3), donde Jesús reprocha a sus contemporáneos saber interpretar el aspecto del cielo y no los signos de los tiempos, recuperada por Juan XXIII y el Concilio Vaticano II.
La Madre Félix no la usa como eslogan, sino con precisión quirúrgica, ya que los tiempos piden algo. Su lectura de la historia no parece neutral; la época actúa como una interpelación a la que se debe responder con un tipo de santidad determinado. Lo que ella percibe que el tiempo pide no es una estrategia ni un programa, sino una cualidad de vida: más santidad.
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No una santidad a secas, sino una «santidad vertical». Una verticalidad que no trata de apostar por evadir al mundo, sino orientación, esto es una santidad cuyo eje es Dios, que lo pone todo en relación con lo alto. Es un adjetivo de dirección, no de lugar. Se opone a una religiosidad reducida a la horizontalidad porque, cuando se pierde el eje, la horizontal se aplasta.
Entonces señala: “Levantar hacia arriba el rostro achatado y caído del mundo”. El mundo tiene un rostro, es decir, una identidad que se expresa y se comunica, y ese rostro está aplastado, sin relieve ni profundidad y abatido, sin esperanza. Es una fisonomía de agobio. El verbo «levantar» pertenece al vocabulario bíblico de la curación y de la resurrección. Jesús levanta al paralítico, a la suegra de Pedro, a la hija de Jairo. Y el redundante «hacia arriba» subraya el sentido del movimiento. No basta un cambio cualquiera, se trata de volver a mirar a lo alto.
La fealdad del mundo no es originaria. Dios lo ha hecho bello. Es la afirmación del Génesis: “vio Dios que era muy bueno” (Gn 1,31), pero aplicada al rostro humano. Lo que afea es una postura, el mirar abajo, y no una esencia. Se trata de devolver al mundo la belleza que ya le fue dada. El adjetivo “pobre” se refiere a la condición del ser humano que ha olvidado su origen. Es el “pobre” de una ternura teológica, no el pobre de una estadística. Eso no excluye a los pobres materiales, a quienes la fe reconoce en el centro mismo de la mirada de Dios.
En esas líneas, la Madre Félix me ayuda a comprender que, la tarea de la santidad no es fabricar belleza, sino devolverla, y para ello Dios no necesita más que corazones que se dejen levantar. Paz y Bien, a mayor gloria de Dios.
Valmore Muñoz


