Hay vivencias que quedan grabadas a fuego en el alma sacerdotal y que, con el paso de los años, se convierten en luz viva para iluminar el presente. Hoy quiero traer a la memoria un momento que tocó hasta lo más profundo mi corazón durante mis años de entrega misionera en la parroquia de Nuestra Señora de la Consolación en Mikinduri, Kenia.
Nos encontrábamos en medio de un severo y doloroso conflicto entre tribus rivales. La tensión en el ambiente se podía cortar con las manos y la violencia amenazaba con arrasarlo todo. En medio de aquel escenario, recibí un llamado de emergencia debía ir a rescatar a la familia de un hermano sacerdote. Su hermana, en avanzado estado de gestación, estaba a punto de dar a luz precisamente en el instante en que los grupos armados se aproximaban para invadir el hogar.
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Humana y naturalmente, el temor intentó paralizarme. La incertidumbre frente a las armas y el peligro inminente pesaban sobre mis hombros. Sin embargo, en medio de la turbación, lo primero que vino a mi mente y a mi fe no fue buscar protección humana, sino acudir a la fuente de toda fuerza, fui al sagrario del Santísimo Sacramento, tomé la Hostia Consagrada y llevé a Jesús Sacramentado conmigo. Necesitaba que fuera Él quien iluminara el camino y me concediera la paz y la serenidad indispensables para internarme en aquel territorio en conflicto.
Al llegar al sitio, la escena era aterradora. Había hombres armados con flechas y el ambiente desbordaba agresividad. Pero ocurrió el milagro de la gracia, cuando vieron llegar al misionero, fue la presencia misma de Jesús en la Eucaristía la que me serenó, me infundió una calma sobrenatural y puso en mis labios las palabras oportunas para entablar un diálogo. Contra todo pronóstico, logramos rescatar a aquella madre que ya había dado a luz a su bebé a campo abierto, en medio de la intemperie y el peligro.
Sentí una consolación inmensa. Experimenté de manera tangible que Jesús Eucaristía no es una abstracción ni una idea piadosa es una presencia viva que acompaña el ministerio, que se introduce en las realidades sangrientas de la guerra, la discordia y la división para llevar consuelo y salvación donde reinan la muerte y la desesperanza.
Esta experiencia cobra un sentido plenamente renovado al contemplarla a la luz de la Solemnidad de Todos los Santos y del Evangelio de las Bienaventuranzas (Mateo 5, 1-12). La Iglesia peregrina, alineada con la comunión de los santos, encuentra en las Bienaventuranzas el mapa de ruta definitivo para el discípulo misionero. Ser mansos, ser pacificadores, trabajar por la justicia y llevar la paz en medio de la persecución no son ideales inalcanzables son actitudes que nacen directamente del encuentro diario con el Pan de Vida.
Hoy, la Eucaristía nos sigue llamando a no acobardarnos, a ser esos “misioneros eucarísticos” que comunican vida y vida en abundancia allí donde la sociedad se desgarra. Que el Señor bendiga a nuestra Iglesia diocesana y nos conceda la valentía de llevar su presencia transformadora a cada rincón que necesite paz.
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Mons. Lisandro Rivas
Obispo de la Diócesis de San Cristóbal


