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Abismática maldad

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En el corazón de la resistencia teológica frente al nazismo, Dietrich Bonhoeffer acuñó una expresión que resuena con una vigencia aterradora: abismática maldad del mal. Para Bonhoeffer, el mal no es solo una ausencia de bien o un error de cálculo; es una fuerza que desfigura la realidad y seduce a la estructura social. En los últimos veinte años, la política global ha dejado de ser un puro escenario de pugnas ideológicas para convertirse, en múltiples latitudes, en un laboratorio de esta abismática profundidad, donde la dignidad humana es sacrificada en el altar de la eficacia o el resentimiento.

Para comprender la raíz de este fenómeno, resulta imprescindible asistir al pensamiento de Jacques Maritain, quien advertía que el mal es una privación, pero una privación que actúa como un parásito del ser, es decir, algo que no tiene existencia propia y que solo puede sobrevivir consumiendo, degradando o corrompiendo una realidad preexistente que sí es plena y buena. En el ejercicio político reciente desde la erosión de las democracias hasta la normalización de la posverdad, el mal no siempre se presenta con cuernos y azufre, sino como un vacío de valores que va devorando instituciones desde adentro.

La Doctrina Social de la Iglesia ha seguido de cerca esta evolución. León XIII, por ejemplo, advirtió sobre los peligros de una libertad desligada de la verdad eterna. Sin embargo, es en los últimos pontificados donde el análisis se vuelve más agudo frente a la política actual. San Juan Pablo II denunció la cultura de la muerte y las estructuras de pecado.

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En las últimas dos décadas, hemos visto cómo el mal se institucionaliza en leyes que desprotegen al más débil, convirtiendo la política en una gestión del egoísmo colectivo. Benedicto XVI alertó sobre la dictadura del relativismo. Cuando no existe una verdad objetiva, el poder se convierte en el único criterio de justicia, abriendo el abismo al que se refería Bonhoeffer.

Por su parte, Francisco señaló las mismas circunstancias en lo que se refirió como cultura del descarte. El mal político hoy no siempre busca destruir activamente, sino simplemente ignorar, excluir y dejar morir a las periferias existenciales. En su exhortación Dilexi Te, León XIV expone que el mal se manifiesta como una perniciosa visión de la existencia que desarticula el encuentro del hombre con su propia dignidad. Este sabotaje impide que el ser humano alcance su plenitud.

En la política contemporánea, el uso del lenguaje para deshumanizar al adversario es una manifestación de este simbolismo del mal. Al transformar al otro en un símbolo de amenaza, la política moderna recrea el mito de la purificación mediante la violencia, una de las formas más oscuras de la abismática maldad.

Al observar las guerras de agresión, el resurgimiento de fanatismos y la manipulación tecnológica de las masas en las últimas dos décadas, queda claro que la advertencia de Bonhoeffer no era una hipérbole poética. La política ha caído con frecuencia en una lógica puramente procedimental, donde el qué (el poder) justifica cualquier cómo.

La abismática maldad se revela cuando el sistema político deja de reconocer el rostro del prójimo. Como decía Maritain, el fin de la política es el bien común, no el éxito del partido o del líder. Cuando ese norte se pierde, el abismo se abre, y lo que emerge es un mal que no solo destruye cuerpos, sino que corroe el alma misma de la sociedad.

El mal en la política no es una fatalidad inevitable, sino el resultado de una renuncia a la trascendencia y a la responsabilidad personal. Desde la resistencia de Bonhoeffer hasta la ternura social de Francisco, el llamado es el mismo: enfrentar el abismo con una ética de la alteridad y un compromiso innegociable con la verdad. La política solo podrá salir de su crisis actual si redescubre que su misión no es habitar el abismo del poder, sino construir puentes sobre él. Paz y bien, a mayor gloria de Dios.–

Valmore Muñoz

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