El Evangelio de San Mateo (16, 21-27) nos sitúa ante un punto de quiebre. Jesús anuncia su pasión y resurrección, pero Pedro intenta disuadirlo.
La respuesta del Maestro es contundente: «El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga».
En una sociedad obsesionada con el éxito inmediato, el confort sin límites y la evasión del dolor, estas palabras suenan a contracorriente.
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El hombre contemporáneo suele medir la vida por lo que acumula o proyecta en una pantalla, creyendo engañosamente que evitar el sacrificio es la clave de la felicidad.
Sin embargo, huir de las cruces cotidianas -el compromiso familiar, la honestidad en el trabajo, la fidelidad a los principios o la paciencia en la adversidad- solo genera un profundo vacío espiritual.
Jesús no glorifica el sufrimiento por sí mismo; le otorga un sentido redentor. Cargar la cruz no es resignación pasiva, sino un acto supremo de amor y valentía. Negarse a sí mismo no significa anular la propia vida, sino descentrarse del egoísmo para colocar a Dios y al prójimo en el centro.
¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma? El desafío de hoy es encarnar esta verdad en las decisiones diarias. Ser cristiano exige la audacia de elegir la coherencia sobre la conveniencia. Solo cuando abrazamos nuestras cruces con fe, descubrimos que tras el Calvario siempre aguarda la luz transformadora de la Resurrección. Así sea.
Pbro. José Lucio León
Director


