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Cómo ha sido reconocida la santidad en la Iglesia

 Breves pinceladas históricas

 

Pbro. Edgar Gregorio Sánchez[*]

 

Introducción

 

Desde aquellas breves y firmes palabras «hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lc 23, 43) pronunciadas por Cristo en la cruz en favor del malhechor convertido [al que la tradición eclesial ha dado el nombre de San Dimas y litúrgicamente lo celebra el 25 de marzo, el mismo día de la solemnidad de la Anunciación del Señor] hasta nuestros días, la Iglesia de Cristo a lo largo de su historia se ha tomado muy en serio su autoridad para decir que tal o cual cristiano está gozando del paraíso.

 

La beatificación del Venerable Siervo de Dios Dr. José Gregorio Hernández por parte de la Iglesia ha motivado el presente artículo. El Beato José Gregorio Hernández nos hace ver de cerca que un ser humano de calidad es el que, auxiliado con la Gracia de Dios, sirve a sus hermanos con justicia y caridad, con verdad y bondad: eso es la santidad.

 

Como es imposible agotar dos mil años de historia en unas cuantas líneas para dar respuesta a nuestro título: cómo ha sido reconocida la santidad en la Iglesia,  nuestro objetivo es el presentar sólo algunas breves pinceladas históricas que nos ayuden a tener una idea sobre el tema. Al final –al igual que a lo largo del texto- se ofrecerá alguna referencia bibliográfica para los interesados en profundizar el argumento.

 

1.- Mártires y confesores

 

Los primeros santos venerados por los cristianos, además de los apóstoles y discípulos de Jesús, fueron los mártires, aquellos que murieron por testimoniar su seguimiento y su amor a Cristo. En efecto, los trecientos primeros años de la historia de la Iglesia estuvieron liderados por el testimonio de santidad de los mártires. Sin ninguna barrera podemos señalar que el primer santo canonizado por la comunidad eclesial fue san Esteban, judío convertido al cristianismo, diácono de la Iglesia, y según la Sagrada Escritura, el primer mártir del cristianismo (Cf. Hch 6-7). Sin embargo, entre los cristianos perseguidos, encarcelados y torturados no todos obtuvieron la gloria del martirio. Muchos otros que dieron testimonio de su fe y no se retractaron ante los perseguidores, sobrevivieron y se les llamó confesores. También en los primeros años gozaron de estima y respeto muchos apologetas que se caracterizaron por la defensa intelectual de la fe ante las herejías, progresivamente fueron admirados y venerados por sus comunidades, no tanto por su condición de apologetas, sino que coronaban esta característica como mártires o confesores. Después del Edicto de Milán (313) sobre la libertad religiosa en el imperio romano, comenzaron a surgir nuevos modelos de santidad.  Entre ellos, el más común fue el de los ermitaños y anacoretas, distinguiéndose por ser ascetas que, abandonando el mundo y sus placeres, optaron por vivir en el desierto y en lugares de privación, iniciando así una nueva forma de imitar a Cristo.

 

Al inicio, la fama de santidad de los primeros cristianos era examinada por los obispos de la Iglesia local (diócesis). Se examinaba la muerte de los mártires para demostrar la suprema imitación de Cristo y el testimonio más alto de la caridad, examen que debía comprobar principalmente la aceptación voluntaria de la muerte violenta por amor a Cristo por parte de la víctima, el odio del perseguidor a la fe o a otra virtud cristiana, y el perdón de la víctima que imita el ejemplo de Jesús, el cual sobre la cruz invocó la misericordia del Padre para sus asesinos. Y se examinaba la vida de los confesores (y la de los ermitaños), no con el esquema exhaustivo de investigación sobre cada una de las virtudes como se hace actualmente (teologales, cardinales y anejas), sino según la manifestación prevalente del Espíritu en la vida del confesor (Cf 1Cor 12,1ss; 14,1ss), ya que a algunos el Espíritu había concedido el espíritu de vida ascética, a otros el poder taumaturgo, a otros la virginidad, a otros el poder contra el maligno, etc. Así gradualmente la Iglesia llegó a venerar a los cristianos no sólo por la ejemplaridad de sus muertes, sino por la ejemplaridad de sus vidas.

 

2.- El culto a los santos

 

El culto a los santos, es decir, la celebración de su memoria, la veneración de sus reliquias y la confianza en su intercesión es tan antigua como los mismos santos. Los cristianos introdujeron una variante totalmente distinta a la del mundo para celebrar a sus héroes: no los celebraban el día de su nacimiento para el mundo, sino que los celebraban el día de su muerte y renacimiento: este era el verdadero dies natalis. Tal cual hicieron con Estaban los primeros cristianos, los cuales «recogieron devotamente su cuerpo, lo sepultaron y guardaron luto por él» (Hch 8,2), también lo siguieron haciendo con el resto de los mártires. En efecto, los cristianos recogían devotamente los cuerpos de los mártires, los guardaban en urnas y los depositaban en las catacumbas o en tumbas secretas. En el dies natalis celebraban una reunión litúrgica en torno a sus restos. La fe profesada por aquellos cristianos tenía en el cuerpo-alma una bella concepción de unión y amor esponsal, la cual profesaba que el espíritu del santo aunque está en el cielo, su cuerpo y su alma son esposos, y sólo están temporalmente separados en espera de la resurrección.

 

Eusebio de Cesarea (265-339) en su célebre Historia Eclesiástica (IV, XXIII), nos hace llegar la carta circular de la Iglesia de Esmirna que nos describe la celebración del Dies Natalis del mártir San Policarpo (69-155), discípulo de san Juan apóstol y evangelista, el cual sufrió el martirio en el año 155, y dicha carta nos presenta el propósito de los primeros cristianos al celebrar la fiesta del santo: «finalmente –nos dice- hemos reunido sus huesos, los cuales son más queridos para nosotros que las piedras preciosas y más puros que el oro, y los hemos colocado en donde era importante que reposaran. Y si es posible para nosotros reunirnos de nuevo en asamblea, quiera Dios concedernos celebrar el aniversario de este martirio con alegría, de manera que recordemos la memoria de aquellos que lucharon en glorioso combate y enseñar y fortalecer con su ejemplo, a aquellos que vengan después de nosotros».

 

Si san Pablo había comprendido el poder de intercesión de la oración de los vivos y pedía a sus hermanos que lo ayudaran con sus oraciones (Cf. Rom 15,30; 2Co 1,11; Col 4,3; Ef 6,18s.), con mayor certeza los primeros cristianos –como lo enseña el libro del Apocalipsis- también pedían esa ayuda a los santos que habían lavado sus vestidos en la sangre del Cordero y que ya gozaban de la visión beatífica de Dios (Cf. Ap. 5,8; 6,10; 21,27). Este asunto lo comprendieron y lo enseñaron los Padres de la Iglesia, entre ellos san Agustín (354-430), manifestando que quienes honran a los santos debido a los dones sobrenatuales que les había dado vida eterna, están honrando a Dios como el único dispensador de los bienes sobrenatuales (Cf. Contra Faustum, lib. XX, XXI; De Civitate Dei, XXII).  Además, esta honra que se le da a los santos llevaba el poder del santo de interceder a favor nuestro. El mismo san Agustín sostenía que los milagros eran señales del poder de Dios y pruebas de santidad de aquellos por cuya intercesión se obran (Cfr. De Civitate Dei, XXII). En el Concilio de Calcedonia año 451, ante la cruel muerte que dos años antes había sufrido Flaviano, Patriarca de Constantinopla, encontramos a los padres conciliares pronunciando la siguiente bella oración en forma de exclamación: «¡Flaviano vive después de la muerte! ¡Que Flaviano ruegue por nosotros!».

 

Hacia el siglo VI ya está en vigor la práctica de trasladar los cuerpos de los mártires desde las catacumbas a los templos de la ciudad, no solo para una mejor veneración, sino para protegerlos de las profanaciones. A medida que las tumbas de los mártires y confesores se iban convirtiendo en lugar de peregrinación y de celebración de la fe, se fueron ampliando dichos lugares con ermitas, capillas, iglesias y posteriormente con catedrales. Incluso, los papas enviaban reliquias de los mártires como gesto de universalidad de la fe a  aquellas Iglesias que no tenían mártires propios. Y tomando alguna pequeña parte del cuerpo, la colocaban en un relicario bellamente adornado, los cuales se convertían como en santuarios portátiles. En el año 767, en el Concilio de Nicea, se decretó que en el altar de iglesia debidamente consagrada, debía colocarse la «Piedra del Altar» y dentro de dicha Piedra colocarse las reliquias de un santo. Aún hoy el Código de Derecho Canónico establece que un altar debidamente consagrado debe contener reliquias de los santos (Cf. Código de derecho Canónico, 1983, c.1237).

 

3.- Estudio y certificación de la santidad

En los tiempos de los primeros mártires el estudio y certificación de la santidad lo iniciaba el obispo donde había acontecido el martirio. El culto a los santos era local y pasaba de una Iglesia (diócesis) a otra con el permiso y el consentimiento recíproco de sus obispos. Aunque el obispo hubiera sido testigo del martirio, indagaba aún más con la comunidad cristiana sobre el motivo de la muerte y encontrando que había muerto como mártir, enviaba su nombre con una relación de su martirio a otras Iglesias, para que en caso de aprobación de sus respectivos obispos, el testimonio del mártir y su culto pudiera favorecer también a sus comunidades, tal cual nos lo presenta las Actas de los Mártires en el caso de San Ignacio de Antioquia (35-108), discípulo de san Juan apóstol y evangelista, donde se pedía a las iglesias «entrar en comunión con el generoso mártir de Cristo» (Cf. Acta Martyrum, 19).

 

Tiempo después la fama de santidad pasó a ser examinada y aprobada por Concilios regionales o provinciales estando siempre bajo la instrucción inicial del obispo donde había muerto el mártir o confesor.

 

Al inicio del medievo el culto a los santos se había extendido ampliamente  fuera de la península itálica. Los francos, los britanos, los eslavos, entre otros, también contaban con sus santos y exigían su reconocimiento por parte de la Iglesia. Muchos de ellos eran los misioneros que habían dejado sus lugares de origen para ir a tierras paganas a anunciar el Evangelio y habían sido martirizados por sus antepasados…, otros eran obispos que habían dado prueba de su celo pastoral…, otros monarcas que mostraron solicitud para con su pueblo. También el canon de los santos se fue ampliando con el nombre de los fundadores de las órdenes religiosas tanto masculinas como femeninas, cuyos votos de pobreza, castidad y obediencia, sintetizaban la vida de Cristo y retomaban el espíritu de los ascetas y padres del desierto. Y en la medida que el cristianismo se extendía, se veía la necesidad de articular criterios de unidad ya no sólo entre los obispos de una región, sino entre los obispos y Roma. Y al mismo tiempo que los obispos pedían a Roma más acompañamiento en el asunto, también Roma en igual o mayor medida –no sin inconvenientes- era exigente con los obispos e incluso con los monarcas.

 

La competencia del Papa en los asuntos de la canonización se fue extendiendo de modo gradual. Cada vez con mayor fuerza los papas exigían a los obispos, a los abades territoriales y a los superiores de las órdenes religiosas, pruebas firmes de la fama de santidad, de las virtudes heroicas y de los milagros de los santos locales para dar una certificación de validez universal (canonización). Ya en 1170 el Papa Alejandro decretó que aunque en las Iglesias locales los obispos instruyeran los procesos, no se podía inscribir en el canon local los nombres sin la autorización del Papa. Pero se debió esperar los Decretales, el compendio de leyes eclesiásticas que el papa Gregorio IX publicó en el año 1234, en los que se afirmó la jurisdicción universal del Papa sobre las canonizaciones. De estos Decretales, entre otras cosas de importancia para nuestro estudio, podemos referir dos cosas: primera: para abrir legítimamente un proceso se exigían “tribunales locales” bajo la autoridad del obispo y la presencia de “delegados papales”; y segunda: se introdujo una distinción: los que fueran venerados en Iglesias locales o provinciales o por órdenes religiosas, recibirían el título de “beati” (beatos), mientras que tenían derecho a ser llamados “sancti” (santos) solamente aquellos que habían recibido aprobación del Papa.

 

4.- La reforma de Trento: precisión jurídica

 

En los tiempos llamados de la reforma y contrareforma algunos protestantes cuestionaron y otros rechazaron la devoción a los santos, y por eso el Concilio de Trento (1545-1563) vio la necesidad de reafirmar la doctrina sobre los santos que la Iglesia había heredado desde los tiempos de los Apóstoles, a saber: la celebración de su memoria, la veneración de sus reliquias, y el poder de su intercesión.

 

El Papa Sixto V, siguiendo el espíritu reformador de Trento, con la Constitución «Immensa Aeterni Dei» del 22 de enero de 1588, creó la Sagrada Congregación de Ritos y le confió la tarea  de regular el ejercicio del culto divino y de velar por las canonizaciones, las reliquias y los lugares de culto a los santos. Años más tarde, el papa Urbano VIII (1623-1644) a través de una serie de decretos reglamentó aún más los procesos por los cuales debían ser conducidas las beatificaciones y canonizaciones.

 

Entre 1734 y 1738 fue publicada una extensa obra de cinco volúmenes titulada “De Servorum Dei beatificatione et Beatorum canonizatione” (La beatificación de los Siervos de Dios y la canonización de los Beatos) del especialista en derecho eclesiástico Prospero Lambertini (1675-1758), el cual formaba parte de la Congregación de Ritos, y posteriormente sería elegido Papa con el nombre de Benedicto XIV (1740-1758). Estos cinco volúmenes son, incluso hoy día, parte de la referencia bibliográfica más autorizada en el estudio histórico de nuestro tema. Así se llegó al año 1917 donde el reglamento para los procesos de canonización fue incluido en el Código de Derecho Canónico.

 

5.- Aires de renovación

 

Desde Trento hasta 1917, casi a lo largo de cuatro siglos, el procedimiento para las beatificaciones y canonizaciones había adquirido una gran reputación por la precisión jurídica en el derecho procesal con el cual eran llevadas las causas. En efecto, no sólo se hablaba de tribunales, de jueces, de proceso, sino que el método jurídico era el que dominaba y se imponía en el estudio de la santidad canonizable. Sin embargo, otros aspectos que habían evolucionado considerablemente en los últimos tiempos como la historia para el estudio y la redacción de las vidas, y la medicina para el estudio y la aceptación de los milagros y para el examen de los cuerpos, no lograban abrirse paso en la rigidez jurídica del proceso y muchas causas se paralizaban. La teología también había evolucionado y quería abrirse paso, y desde ella se decía que si el propósito de la canonización era alcanzar una verdad teológica (saber si el candidato había alcanzado la glorificación), sin embargo, tanto la forma como el espíritu del proceso estaban totalmente subordinados a lo judicial. …Pero los aires de renovación tocaban la puerta.

A lo primero que se le permitió la entrada fue a la ciencia histórica. En 1930 Pío XII instituyó una “Sección Histórica” para resolver cuestiones que el puro proceso jurídico no era capaz de resolver, ya que éste se fundaba sobre todo en testimonios en su mayoría presenciales, y las causas paralizadas que no tenían testigos presenciales vivos se asignaban a esa Sección para su examen según los aportes contemporáneos de la ciencia histórica. Y en cuanto a la ciencia médica, Pío XII instituyó en 1948, una “Comisión de Médicos” y un “Consejo Médico Especial”,  y Juan XXIII en 1959 unificó estos dos organismos en una “Comisión Médica” y la dotó de su respectivo Reglamento. Pero el espacio que reclamaba la ciencia teológica debió esperar los tiempos del Vaticano II y sus posteriores acciones de aggiornamento, es decir, de su reforma/renovación según “los signos de los tiempos”.

 

6.- La renovación del Vaticano II

 

El Concilio Vaticano II (1962-1965), en cuanto al tema que nos ocupa expone dos aspectos de capital importancia: primero: reafirma la bimilenaria doctrina católica sobre los santos; y segundo: presenta el universal llamado a la santidad, exposición que hace en sus principales y centrales Constituciones, a saber, la Sacrasantum concilium sobre la divina liturgia (SC) y la Lumen Gentium sobre la Iglesia en el mundo actual (LG).

 

Al reafirmar la doctrina sobre los santos, el Concilio confirma la validez del culto dado a ellos (LG 51) y la «veneración de sus reliquias» (SC 111), ya que «al mirar la vida de quienes siguieron fielmente a Cristo, nuevos motivos nos impulsan a buscar la ciudad futura» (LG 50), y «así como la comunión cristiana entre cristianos nos conduce más cerca de Cristo, así la comunión con los santos nos une con Cristo» (LG 50). También manifiesta que «venerando la memoria de los santos, esperamos tener parte con ellos y gozar de su compañía» en el cielo (SC8) y gozar de su intercesión aquí en la tierra (SC104), por lo que «conviene, pues, que en sumo grado, amemos a estos amigos y coherederos de Jesucristo, hermanos también nuestros e insignes bienhechores» (LG 50).

 

En cuanto a la exposición del llamado universal a la santidad, aunque no debe verse como una novedad en la historia de la Iglesia, sí debe verse el hecho de haber sido lanzado con un especial acento al que el Concilio dedicó todo el capítulo V de la Lumen Gentium (nn.39-42). A este llamado se puede responder de múltiples modos, indistintamente del estado de vida: clérigos, religiosos, seglares (nn.41-42), y cuando se habla de los seglares refiere tres grupos: los conyugues y padres de familia, los trabajadores, y los que sufren (pobres, enfermos y perseguidos). Dice el Concilio: «está claro que todos los cristianos, de cualquier estado o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección del amor. Esta santidad favorece, también en la sociedad terrena, un estilo de vida más humano» (n.40). Y sostiene que «quedan, púes, invitados y aún obligados todos los fieles cristianos a buscar la santidad y la perfección de su propio estado» (n.42), y señala que «es esencialmente una misma la santidad de todos los cristianos: Cristo, maestro y modelo; el Espíritu Santo: el motor; la caridad su plenitud; los sacramentos su fuente principal, el camino de la Cruz su manifestación más excelsa» (n.42).

 

7.- Los inicios de la reforma: del proceso al estudio

 

Después del Concilio Vaticano II (1962-1965) hasta nuestros días, los procedimientos para la beatificación y la canonización se han actualizado con la explícita finalidad de agilizar y afinar los instrumentos de conocimiento y de juicio sobre la santidad canonizable y hacer más palpable el llamado universal a la santidad, y una de las primeras medidas fue la apertura del camino de la renovación de los entes e instrumentos eclesiales encargados de la Causa de los Santos.

 

Pablo VI con el espíritu renovador del Concilio Vaticano II se adentró en el asunto y dio algunos importantes pasos, que podemos contar en tres:

 

Primero: en la Constitución Apostólica “Regimini Ecclesiae” del 15 de agosto de 1967, sobre la reforma de la Curia Romana, establecía que «la Sagrada Congregación de Ritos, fuera dividida en dos Secciones, una que se ocupara del Culto divino y otra de la Causa de los santos».

 

Segundo: en la Carta Apostólica “Sanctitas clarior”  del 19 de marzo de 1969, unificó el «proceso ordinario» sobre la fama de santidad y el «proceso apostólico» sobre las virtudes heroicas en un solo proceso, que se había mantenido rígido por más de quinientos años, y hoy día es la base de la actual investigación diocesana instruida bajo la autoridad del obispo.

 

Y, tercero: no conforme con el primer paso que había dado en 1967, ahora con la Constitución Apostólica «Sacra Rituum Congregatio» del 8 de mayo de 1969, Pablo VI toma la Sección de la Causa de los santos de la Congregación de Ritos y la eleva a la jerarquía de Congregación. «Considero –decía el Papa- la necesidad de actualizar las leyes relativas a las causas de los Santos según la mentalidad de nuestro tiempo, ya que el trato de esta materia exige nuevos estudios, nuevas atenciones y exigencias». Y así se adentra la Iglesia en un proceso de reforma profunda según el espíritu del Vaticano II que llegaría a concretarse en el estudio actual.

 

8.- El estudio actual

 

Después de años de derogaciones, dispensas, retoques normativos, facultades especiales y diferentes comisiones de estudio, hoy existen tres documentos claves para el estudio de la santidad canonizable:

 

Primero: con la Constitución apostólica Divinus perfectionis Magister sobre la nueva legislación relativa a la causa de los santos, promulgada por Juan Pablo II el 25 de enero de 1983, fueron «abrogadas todas las leyes de cualquier orden que atañen a este asunto», y dando un soporte teológico a la nueva legislación con el Vaticano II (las dos primeras citas de la Constitución son de la Lumen Gentium n,40; n.50), en 3 capítulos y 17 artículos presenta las líneas generales que han de orientar a la Iglesia en tan delicada tarea.

 

Segundo: las “Normae servandae in inquisitionibus ab episcopis faciendis in causis sanctorum» (Normas que han de observarse en las Investigaciones que hagan los Obispos en las Causas de los Santos) publicadas por la Congregación para la Causa de los Santos el 7 de febrero de 1983, en virtud de lo ordenado por la Constitución anterior.

 

Tanto la Constitución como las Normas servandae privilegian el método histórico por encima del jurídico, y sin privarlas de rigor, da a la investigación una plataforma más  teológica.

 

Tercero: Benedicto XVI, quien en el 2005 estableció que el rito de las beatificaciones se llevase a cabo en la diócesis que había promovido la causa del nuevo beato, aprobó el 22 de febrero de 2007 la Instrucción “Sanctorum Mater” de la Congregación para las Causas de los Santos, documento que es una guía práctica o metodológica, para la correcta aplicación de las Normae servandae de 1983.

 

Hoy día podemos decir que estos tres documentos, y en esa jerarquía, responden al deseo del Vaticano II de ver en los altares a santos contemporáneos y cercanos a nuestro tiempo, y promover “en el mundo actual” con dichos modelos, el llamado universal a la santidad.

 

Bajo el pontificado del Papa Francisco se han reglamentado tres aspectos contenidos de la anterior normativa y que aún faltaban por una puesta al día.

 

Primero: Las “Normas sobre la administración de los bienes de las causas de beatificación y canonización” aprobadas el 4 de marzo de 2016. En la premisa de dichas Normas se afirma que «las Causas de beatificación y canonización que por su complejidad requieren mucho trabajo, comportan gastos para la difusión del conocimiento de la figura del Siervo de Dios o Beato, para la investigación diocesana, para la fase romana, y finalmente para las ceremonias de beatificación o canonización», por lo cual es necesario reglamentar este asunto.

 

Segundo: El “Reglamento de la Consulta Médica de la Congregación para las Causas de los Santos” publicado el 24 de agosto de 2016, porque «el milagro requerido para la beatificación de los venerables Siervos de Dios y para la canonización de los beatos ha sido siempre examinado con el rigor más absoluto».

 

Y tercero: La instrucción  referente a “Las Reliquias en la Iglesia: autenticidad y conservación” publicada por la Congregación para la Causa de los Santos el 8 de diciembre de 2017, ya que «las reliquias han recibido siempre una especial veneración y atención porque el cuerpo de los Beatos y de los Santos, destinado a la resurrección, ha sido en la tierra templo vivo del Espíritu Santo y el instrumento de su santidad».

 

9.- Las vías para el estudio de la santidad

 

A las tres vías clásicas para el estudio de la santidad canonizable, en el 2017 el Papa Francisco incorpora una cuarta. Estas cuatro vías son:

 

Primera: la vía del martirio, suprema imitación de Cristo y el testimonio más alto de la caridad, la cual comprende –como lo indicamos al principio- la aceptación voluntaria de la muerte violenta por amor a Cristo por parte de la víctima, el odio del perseguidor a la fe o a otra virtud cristiana, y el perdón de la víctima que imita el ejemplo de Jesús el cual sobre la cruz invocó la misericordia del Padre para sus asesinos.

 

Segunda: la vía de las virtudes heroicas, ejercitadas con prontitud y gozo espiritual hasta convertirlas en modo habitual de ser y de actuar conforme al Evangelio. Se trata de las virtudes teologales (fe, esperanza y caridad), cardinales (prudencia, justicia, fortaleza y templanza) y anejas (pobreza, obediencia, castidad y humildad).

 

Tercera: la vía de culto antiguo, menos conocida y menos recorrida, también llamada vía de los  casus excepti, la cual exige la confirmación de un culto antiguo, llamada también beatificación equipolente.

 

Cuarta: la vía del ofrecimiento voluntario de la vida por los demás. El 11 de julio de 2017, fue promulgado por el Papa Francisco el motu proprio “Maiorem hac dilectionem”, con el que abrió esta vía, la cual requiere el estudio de la posibilidad de beatificación de «aquellos cristianos que, siguiendo más de cerca las huellas y las enseñanzas del Señor Jesús, han ofrecido voluntaria y libremente la vida por los demás y han perseverado hasta la muerte en este propósito». Este documento no ha sido pensado para inaugurar nuevos procedimientos, sino para ampliar los modelos de santidad canonizable

 

Conclusiones

 

Hemos visto que a lo largo de la segunda mitad del siglo XX la Iglesia ha realizado una especie de recorrido reformador/renovador donde lo jurídico, lo histórico, lo médico y lo teológico han logrado hacer una especie de síntesis en favor de la santidad canonizable. Pero esto no es todo ya que lo teológico en el Vaticano II tiene un marcado acento pastoral, característica esencial del Concilio que con el tiempo se ha ido redescubriendo y va cobrando cada día más espacio en la vida de la Iglesia. Podríamos indicar que en esta línea evolutiva está hoy en día el estudio de las causas, en la línea de la pastoral de la santidad de la cual nos ocuparemos posteriormente.

 

En el capítulo cuarto de la exhortación Gaudete et exsultate el Papa Francisco expone algunas “características de la santidad” en el mundo actual (nn.110-157), entre ellas el aguante, la paciencia y la mansedumbre, la alegría y el sentido del humor, la audacia y el fervor, el camino comunitario y la oración constante. Así como en el primer milenio los confesores no eran examinados en su santidad por el esquema exhaustivo de investigación sobre cada una de las virtudes como se hace actualmente, sino según la manifestación prevalentes del Espíritu (Cf. 1Cor 12,1ss; 14,1ss), estas “características de la santidad” seguramente darán cuerpo a futuros cuestionarios para el estudio de la santidad canonizable “en el mundo actual”, y los cristianos del tercer milenio con nuevo ardor y con nuevas vías podamos decirle al mundo con nuestras vidas, al igual que aquellos que nos precedieron, que “la santidad es el rostro más bello de la Iglesia” (Francisco, Gaudete et exsultate, n.9).

 

 

Bibliografía para profundizar el tema:

AA.VV., Bibliotheca Santorum, 12 volúmenes, Roma, 1983-1986.

AA.VV., Storia dei Santi e della Santità Cristiana, 11 volúmenes, Milano, 1991.

(El 15 febrero de 1992 Juan Pablo II recibió en audiencia a los autores y editores

de esta voluminosa obra y les dirigió un discurso).

 

     * Sacerdote del Presbiterio de la Diócesis de San Cristóbal, Venezuela. Párroco de Ntra. Sra. del Carmen de San Cristóbal. Presidente de la Comisión Diocesana para la Pastoral de la Santidad y para la Causa de los Santos. Profesor en el Seminario Diocesano Santo Tomás de Aquino y en la Universidad Católica del Táchira. Individuo de Número de la Academia de Historia del Estado Táchira.

 

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