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Conmemoración de todos los fieles Difuntos

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“2 de Noviembre – Conmemoración de todos los fieles difuntos”

Ayer hemos celebrado a todos los santos (no sólo los del Cielo, sino también los del Purgatorio y los de la Tierra (Iglesia triunfante, purgante y militante).
Hoy detenemos nuestra consideración y nuestra oración en nuestros hermanos, los fieles difuntos que están en el Purgatorio.

Con estos hermanos nuestros, que «también ha sido partícipes de la fragilidad propia de todos ser humano, sentimos el deber – y la necesidad – de ofrecerles la ayuda afectuosa de nuestra oración, a fin de que cualquier eventual residuo de debilidad humana, que todavía pudiera retrasar su encuentro feliz con Dios, sea definitivamente borrado» (Juan Pablo II).

En el Cielo no puede entrar nada manchado. Por eso el alma que está afeada por las faltas y pecados veniales no puede entrar a la presencia de Dios: para llegar a la felicidad eterna es preciso estar purificado de toda culpa.

El Cielo no tiene puertas, y cualquiera que desee entrar puede hacerlo, porque Dios es todo misericordia, y permanece con los brazos abiertos para admitirlos en su gloria. Pero tan puro es el ser de Dios que si un alma advierte en sí el menor rastro de imperfección, y al mismo tiempo ve que el Purgatorio ha sido puesto para borrar tales manchas, se introduce en él, y considera un gran regalo que se le permita purificarse de esta forma. El mayor sufrimiento de esas almas es el de haber pecado contra la bondad divina y el no haberse purificado en esta vida.

De modo que el purgatorio no es un “infierno menor», ni una especie de «campo de concentración» en el más allá, sino la antesala del Cielo, donde el alma se purifica y esclarece.

¿Y qué es lo que hay que purificar el Purgatorio?
Nuestros pecados veniales, que tanto retrasan la unión con Dios; las faltas de amor y delicadeza con el Señor; la inclinación al pecado, adquirida en la primera caída y aumentada por nuestros pecados personales…

Además, las faltas y pecados perdonados en la Confesión dejan en el alma una deuda insatisfecha, un equilibrio roto, que exige ser reparado en esta vida (indulgencia y penitencia) o en la otra (Purgatorio).

Además, las disposiciones de los pecados ya perdonados muchas veces siguen enraizadas en el alma hasta la hora de la muerte.

Al morir, el alma las percibe con absoluta claridad, y tendrá por el deseo de estar con Dios, un anhelo inmenso de liberarse de estas malas disposiciones… El Purgatorio se presenta así como la única y gran oportunidad para alcanzar la pureza definitiva.

Las almas del Purgatorio ya son bienaventuradas, en cuanto que ya están salvadas y – tarde o temprano – entrarán al Cielo, al encuentro festivo con Dios; por eso la llamamos «Benditas Almas del Purgatorio». Pero ellas necesitan de nuestra ayuda, que es tan valiosa, que puede acortar e incluso poner fin a este tiempo de purificación.

¿Cómo ayudarlas?
En primer lugar, la Santa Misa, que tiene un valor infinito, es lo más importante que tenemos para ofrecer por las almas del Purgatorio (¡Por eso estamos ahora aquí!); también las indulgencias (¡quiera Dios que recordemos siempre esta saludable doctrina de la Iglesia!); nuestras oraciones (especialmente, el Santo Rosario); pero también el trabajo, el dolor, las contrariedades, etc. todo ofrecido por amor y con amor.

De modo particular hemos de rezar por nuestros parientes y amigos. Y nuestros padres y antepasados deben ocupar siempre lugar de honor en estas oraciones.

Estas almas, cuando alcanza al Cielo, ¿Podrán acaso olvidarse de aquellos con cuya ayuda lo alcanzaron?

¡Qué hermoso es que podamos hacernos amigos de algunas personas porque los ayudamos – desde aquí abajo – a entrar en el Cielo! ¡Quién sabe cuántos «amigos» nos estaremos ganando ahora en el más allá! Entonces, podremos, al irnos de este lugar, pensar: «mis buenas amigas, las almas del Purgatorio…»

La Conmemoración de todos los fieles difuntos es una oportunidad grande para renovar nuestra fe en la resurrección de los muertos; en la eternidad dichosa que nos espera en el Cielo; en la comunión de los santos que debemos ejercitar cada día, pidiendo la intercesión de los santos del cielo (como le hacíamos ayer) e intercediendo ante Dios con nuestras oraciones, mortificaciones, limosnas y obras de caridad por los santos que aún están el Purgatorio. Porque (IIº Macabeos 12,34-43): «es muy Santo y saludable rogar por los difuntos, para que se vean libres de sus pecados».

Que el Señor reciba el humilde ruego que le presentamos por manos de María Santísima, hoy, con más fuerzas que nunca: «Concédeles, Señor, el descanso eterno, y brille para ellos la luz que no tiene fin. Descansen en paz”.

Oración por nuestros difuntos

Señor, Maestro Bueno,
recibe en tu paz a los que mueren, especialmente a aquellos
con quienes estamos ligados por la justicia y el amor:
nuestros parientes, bienhechores, hermanos de comunidad y amigos.
Te pedimos por las personas que en el mundo tuvieron mayor responsabilidad:
los sacerdotes, los gobernantes de las naciones, las autoridades religiosas,
las personas consagradas a tu servicio.
Te pedimos también por los que mueren abandonados sin la asistencia sacerdotal,
y luego son olvidados por todos.
Por las víctimas de los accidentes de tránsito, por los suicidas,
y los que mueren a causa del odio entre los hermanos.
Por los niños inocentes, cuyas vidas fueron cercenadas antes de nacer.
Te pedimos por todos aquellos que se entregaron con un amor grande
a Ti y a los hombres.
Jesús Maestro, recíbelos pronto a todos en la felicidad de tu Reino,
por mediación de María. Amén

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