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Estoy cerca de mi cumpleaños. En la revisión que suelo hacer de mi vida cuando llegan estos tiempos, en esta oportunidad, se ha derramado en mi recuerdo una breve oración que hacía cuando estudiaba en el Colegio Javier, de las hermanas de Cristo Rey. Una oración que me conmueve hasta los cimientos, no solo por los recuerdos que despierta, sino por su profundo significado. Una oración que hacíamos todas las mañanas antes de iniciar las clases.

La oración dice así: “¡Oh Señora mía, oh Madre mía!, yo me entrego completamente a Ti, y en prueba de mi filial afecto, te consagro en este día mis ojos, mis oídos, mi lengua y mi corazón, en una palabra, todo mi ser, ya que soy todo tuyo, ¡oh Madre de bondad!, guárdame y protégeme como hijo tuyo. Amén”. Soy todo tuyo, palabras que evocan a San Luis Grignon de Monfort. Quizás por ello siempre relacioné la dulce oración con él. Sin embargo, aunque se respira su aire en cada línea, no le pertenece a él, sino a José Kentenich, sacerdote alemán fundador del Movimiento Apostólico de Schoenstatt.

José Kentenich fue un sacerdote y director espiritual alemán. Nació en 1885 y murió en 1965. Formó parte de la Congregación de los Padres Palotinos. Entre 1941 y 1945 es detenido por el nazismo en la cárcel de Coblenza, y luego trasladado al campo de concentración de Dachau. En 1918, fundaría el Movimiento de Schoenstatt, siendo uno de los más antiguos de los «movimientos y nuevas comunidades» de la Iglesia Católica, cuya espiritualidad está marcada decisivamente por la fe en la conducción divina en la vida diaria y por un organismo de vinculaciones a personas, lugares e ideales.

El padre Kentenich comprendió, muchos años antes del Concilio Vaticano II, que la Iglesia está urgida de personas y comunidades que estuvieran formadas desde lo interior de sí mismas y no por el entorno que las rodeaba; personas y comunidades que en el espíritu de los hijos libres de Dios supieran decidirse personalmente por Dios. Un poco enmarcados en la idea de un corazón tejido con los mismos hilos que destacaba San Francisco de Sales, pero resaltando una alianza de amor muy especial con la Virgen María, en cuanto a que es la mujer que está cerca de Dios y de los hombres.

La niñez de Kentenich estuvo llena de circunstancias adversas. Estas circunstancias obligan a la madre del joven, a dejarlo en el orfanato de St. Vinzens de Oberhausen. Ante la angustia de su corazón y con preocupación por tener que dejarlo, al separarse de su hijo, muy consternada, decide encomendárselo a la Santísima Virgen. En la capilla del internado, ante la estatua de la Virgen del Rosario: “¡Educa tú a mi hijo! ¡Sé para él plenamente Madre! ¡Cumple tú en mi lugar los deberes de madre!”. Así fue.

Quienes lo conocieron dejaron testimonio de que, durante su infancia, se desarrolló lentamente en su interior una breve oración, que más tarde plasmó en esta forma latina: “Ave, Maria, puritatis tuae causa custodi animam / Meam et corpus meum, / Aperi mihi cor tuum et cor Filii tui; / Da mihi animas et cetera tolle tibi”: Dios te Salve, María, por tu pureza, consérvame puro en cuerpo y alma. Ábreme ampliamente tu corazón y el corazón de tu Hijo. Dame almas y toma todo lo demás para ti. Hoy es Domingo de Ramos, inicio de un tiempo vital para la vida cristiana, traigo a la actualidad el recuerdo del padre Kentenich y su consagración a la Virgen con la finalidad de que sirva de impulso para la nuestra, ya que a Jesús solo se llega por María. Paz y bien.

 Valmore Muñoz

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