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De la mano con Jesús: un camino seguro

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Jesús ha iniciado su camino hacia Jerusalén, lo que constituye el corazón del Evangelio de Lucas. Esto incluye a los discípulos en la misión que el maestro les encomienda y que constituye la reflexión de la liturgia de la Palabra. La misión no es para algunos en particular, pues Jesús, aparte los doce, envió otros setenta y dos. Por tanto, la misión tiene un carácter universal que comporta una estrecha relación de Dios con el género humano y viceversa.

 

¿CUÁL ES NUESTRA MISIÓN COMO DISCÍPULOS?

Ante todo el discípulo es enviado para comunicar y transmitir la paz. No es una tranquilidad ni una simple pacificación, sino sobre todo un don pascual, una gracia que viene de Dios y el compromiso sincero del hombre que debe demostrar con su vida que es realmente hijo de la paz.  El Señor nos pide ser portadores de paz, ser tolerantes -aunque nos cueste- y pacíficos. Nadie puede ser mensajero de Dios con prepotencia y arrogancia, eso aleja del camino que realmente se debe recorrer.

En segundo lugar, el discípulo está llamado a compartir con autenticidad, ayudando con sinceridad y generosidad, experimentando cómo hay más satisfacción en dar que en recibir. Con esto colocamos y reforzamos siempre más las bases de la comunión, la unidad y la fraternidad en medio de un pueblo sediento de justicia y de paz, haciendo nuestros el sufrimiento, el cansancio, las dudas, el gozo y la esperanza del prójimo.

En tercer lugar, el discípulo está llamado a llevar en su mensaje la libertad y la apertura a la esperanza. Es el descubrimiento de sí mismos y de la propia dignidad, de la propia vocación, viendo en ello que es posible estar cerca del Reino de Dios. Esta certeza y esta fe, nos permiten ver y obrar en el campo que Dios nos regale, con equipaje ligero, la conciencia de ser peregrinos y la libertad de los hijos de Dios.

Este itinerario nos propone dejar nuestra propia casa, nuestras cosas, nuestros intereses y seguir con convicción a Jesús, presente en los pobres, en los excluidos, en los que sufren, en los que han perdido la esperanza, y con ello podremos sentirnos verdaderamente que somos discípulos según la voluntad de Dios.

 

EN UNIÓN CON MARÍA.

En este itinerario de fe, María Santísima nuestra madre, nos acompaña e indica el camino a seguir. Ella, madre del amor y maestra de oración, nos enseña a orar, escuchar a Jesús y guardar en nuestro corazón sus palabras y enseñanzas para que seamos testigos del amor de Dios. Así sea.

 

José Lucio León Duque

[email protected]

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