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Donde se expande la luz

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Hemos venido desarrollando ideas en torno a la necesidad de establecer como ruta de navegación para estos tiempos pospandémicos una educación de la interioridad. Necesidad que exponemos no para amenizar una charla que va tornándose aburrida, sino porque, efectivamente, resulta imperioso cambiar las formas tradicionales para formar a la ciudadanía del futuro si queremos vivir el presente con calidad, autonomía, responsabilidad, respeto a las diferencias y a la búsqueda comprometida del bien común. Una educación que se teja mientras va tejiendo en el ser humano un reencuentro con la esencia que se desvela en la existencia.

Una educación que promueva al hombre como lugar privilegiado de revelación del propio ser, como fuerza sutil de la posibilitación amante, como sensibilidad que entienda sin palabras “como entiendo yo al mar o a la brisa enredada en un álamo verde” (José Hierro). Una educación que, abrazando la poética luminosa de Tagore, abra los caminos para que el hombre comprenda que “su verdadero bien baja de lo alto, allá donde se expande la luz, donde sopla la vida, donde la libertad se extiende”.

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Estos tiempos han demostrado hasta el desgarro la concreción de aquello que advirtió Jean-Luc Marion acerca de la anulación del amor como principio fundante del pensamiento. El hombre moderno parece haberse quedado sin palabras frente al amor, y, antes de emprender una reconstrucción del discurso amoroso que implicaría reconstruirse a sí mismo, prefiere asfixiarlo de negación.

Siguiendo la huella que dejara Descartes, según la cual el ser pensante tiene capacidad de duda, de negación, de entender, de ignorar, de imaginar, de querer y no querer, de sentir, pero que, por omisión, no tiene la capacidad para amar. Amar, al parecer, no pertenecía a los modos primarios del pensar, de tal manera que no determina la esencia más originaria del ego.

Esta realidad nos obliga a considerar un replanteamiento antropológico a partir de la necesidad de ayudar a que el hombre se reconcilie con la compasión. En todas las culturas, los conceptos brotan de una matriz de raíz honda; casi siempre esa raíz hay que buscarla en la sabiduría, que consiste en percibir con claridad la gratuidad constante de todas las circunstancias vitales: de esta experiencia insurge luminosa la compasión como respuesta ante toda clase de desgracia.

La base que sostiene a la compasión está en detenerse saber mirar. Detener no solo el paso mientras caminamos, sino los pensamientos sembrados en la mente por las reglas del mundo construido por los hombres. Detener los pensamientos para que hable el corazón que sabe muy bien acerca de la existencia animada por la gratuidad. Detenernos y mirar para aprender de las flores del campo que, en su muy limitada existencia, pero plenas de hermosura, Dios nos ratifica su amor (Mt 6, 28 -33).

La velocidad del mundo moderno se ha infiltrado en todos los aspectos de la vida y la cultura. Hemos sido seducidos por la vorágine de la velocidad y, peor aún, sin la belleza poética que, a pesar de todo, ardía en la intimidad del Futurismo. Todo es un pasar sin límites, erosionando el conocimiento para reducirlo a la mera información superficial.

 La velocidad nos ayuda a saber de todo, pero sin sustento, y la verdad del sentido de la vida se encuentra en la profundidad de la realidad. Si nos detenemos un momento, tomamos aire, nos sentamos a la vera del camino, contemplamos el mundo que nos rodea, brotará la compasión y se manifestará la sabiduría. Eso está dentro del hombre, de cada hombre, y la educación es el camino para sacar esa luz que lo posee y poder expandirla para transformar al propio hombre y al mundo. Paz y Bien, a mayor gloria de Dios.

Valmore Muñoz Arteaga

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