Decimos con frecuencia que conocemos el amor porque lo deseamos, lo padecemos o lo nombramos. Sin embargo, cuanto más decisivo resulta en una vida, menos se deja reducir a una definición. El amor puede ser, por tanto, recuerdo, promesa, deseo, amistad, cuidado, eros, caridad, fidelidad o dolor; pero ninguna de estas palabras lo encierra por completo.
Quizá por eso conviene aproximarse a él despacio, lentamente, pero con firmeza, no con la voluntad de poseerlo en un concepto o en una idea, sino con una atención que permita que se muestre en sus diversas dimensiones.
Muchos hombres y mujeres han buscado aproximarse a él y compartir los resultados de esa aproximación. Sin embargo, pocos lo han hecho desde la hondura del misterio. Uno de esos pocos fue Gabriel Marcel. Para él, un misterio no es una pregunta mal formulada ni un problema aún no resuelto.
Un problema se presenta ante mí, entonces puedo aislarlo, objetivarlo, aplicar una técnica y, en principio, resolverlo. En cambio, el misterio es una realidad en la que yo mismo estoy implicado. No estoy fuera de él, porque él me comprende. Marcel formula la diferencia diciendo que el problema es algo que encuentro ante mí y que puedo reducir, mientras que en el misterio estoy comprometido personalmente.
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La oposición que planeta Marcel entre problema y misterio protege al amor de dos reduccionismos. El primero es de carácter técnico. Tratar a la persona amada como un conjunto de rasgos que se pueden administrar, prever o utilizar. El segundo es de carácter sentimental. Identificar el amor con la intensidad fluctuante de una emoción.
Ambos olvidan que amar supone presencia, disponibilidad y participación. La presencia no es solo proximidad física; es mucho más que eso. Se trata del modo de estar ante alguien sin convertirlo en cosa. La disponibilidad no es obediencia pasiva; es la libertad de permanecer abierto a una llamada que procede del otro.
Esta mirada permite comprender por qué fidelidad y esperanza tienen para Gabriel Marcel una densidad ontológica. No son accesorios morales añadidos al amor después de que éste aparece; expresan su resistencia a la lógica de la posesión. Ser fiel no consiste en congelar una relación en una fórmula, sino en renovar creativamente la presencia ante una persona irreductible. Esperar no es calcular un resultado favorable, sino conservarse disponible para un bien que no se domina. Señala Marcel que el misterio del amor comienza donde el otro deja de ser un caso, una función o una imagen para mi deseo, y se revela como un “tú” cuya realidad me convoca. Pero, además, hay, para Marcel, un Tú absoluto. Un Tú absoluto que es la fuente, no solo del misterio, sino de todo lo que se desprende de él.
En Él, Marcel, afirma toda la esperanza. Somos caminantes del misterio y no podemos ponernos en camino, ni amar, ni esperar verdaderamente sin recurrir al Tú absoluto. ¿Por qué? Porque los seres empíricos somos frágiles, vacilantes, inconsistentes y no damos cuenta de nosotros mismos, antes bien reclamamos al ser infinito como nuestro origen, fuente común y fundamento.
Él es la plenitud que nos habita, nos envuelve y nos trasciende. Por supuesto que la relación ontológica del hombre con el Absoluto tiene que expresarse en relaciones intersubjetivas, es decir, de ser a ser, de persona a persona en relaciones de amor, de fidelidad, de esperanza y de invocación porque el Tú absoluto es, por supuesto, Dios. El Tú absoluto es real, viviente, misterioso principio de los seres; es no-identificable aunque es presencia, raíz de toda creatividad; es una luz supra-personal y la fuente de toda comunión humana.
El amor como misterio no es una excusa para la confusión. Al contrario, pide una inteligencia más humilde y una responsabilidad más honda. Exige aceptar que nunca se termina de conocer a quien se ama, no porque el otro sea inaccesible de modo hostil, sino porque su persona posee una interioridad y una dignidad que exceden toda clasificación. Paz y bien, a mayor gloria de Dios.
Valmore Muñoz Arteaga


