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El banquete pascual

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Queridos hermanos y hermanas en Cristo: Que la paz, el amor y la gracia de nuestro Señor Jesucristo llenen profundamente sus corazones y sus hogares.

El alma se sobrecoge ante la hondura del misterio que celebramos en cada santa misa. Nos encontramos cara a cara con la esencia misma de nuestra fe, el banquete pascual, un misterio donde el sacrificio de la cruz y la mesa de la comunión se funden en una sola realidad indivisible.

Muchas veces corremos el riesgo de acostumbrar la mirada y el corazón a la eucaristía, viéndola solo como un rito o un compromiso dominical. Sin embargo, la Iglesia nos recuerda con claridad que la Misa es, a la vez e inseparablemente, el memorial vivo del Sacrificio del Calvario y la mesa santa donde el Señor se nos entrega como alimento.

 No hay comunión sin sacrificio, ni hay sacrificio que no tienda, por su propia naturaleza, a buscar la unión íntima con cada uno de nosotros. Comulgar no es un acto piadoso más; es recibir al mismísimo Cristo que se ofrece por nuestra salvación, dejándonos transformar por su presencia de amor.

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Y en el centro de esta dinámica sagrada se levanta el altar. ¡Qué lugar tan santo y de cuánta reverencia debe estar rodeado! El altar no es una simple mesa adornada ni un mero soporte funcional. Como nos enseñaba bellamente San Ambrosio, el altar es la imagen misma del Cuerpo de Cristo.

Sobre él converge todo el misterio, es el altar del sacrificio donde el cordero inmaculado se entrega para reconciliarnos con el padre, y es, al mismo tiempo, la mesa del Señor donde se distribuye el pan de vida para sostener nuestros pasos en este peregrinaje terrenal.

Cuando nos reunimos como comunidad cristiana en torno al altar, Cristo no solo está presente en el sacerdote que preside o en la palabra que se proclama, sino que Él mismo es el altar, la víctima y el alimento.

Allí se toca la tierra con el cielo. Por eso, la plegaria eucarística eleva esa súplica confiada para que nuestra ofrenda sea llevada por manos del ángel hasta el altar celestial, permitiendo que quienes participamos de esta mesa seamos colmados de toda gracia y bendición divina.

Hermanos, esta verdad de fe debe transformar radicalmente la forma en que vivimos y celebramos la eucaristía. Cada vez que nos acercamos al altar, acerquémonos con un corazón contrito, lleno de gratitud y reverencia.

Que al extender las manos o abrir el alma para recibir el Cuerpo y la Sangre del Señor, comprendamos la inmensidad del regalo que se nos concede: Dios mismo haciéndose pequeño, haciéndose pan, para habitar en nuestra pequeñez y sanar nuestras heridas.

Salgan de cada misa con la certeza de que han sido alimentados por el mismo Cristo. Lleven esa gracia a sus familias, a sus trabajos y a cada rincón de nuestras comunidades. Seamos nosotros también, como la eucaristía, pan partido y compartido para los hermanos más necesitados, testimonios vivos de que el amor ha vencido al mundo.

Les envío a todos mi paternal bendición en el nombre del padre, del hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 Mons. Lisandro Rivas

Obispo de la Diócesis de San Cristóbal

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