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martes, mayo 28, 2024
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El servicio de una fiesta

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Quiero invitarlos a que nos adentremos en los acontecimientos que contemplaremos estos días santos desde nuestra fe, pero que a su vez se convierten en elementos para vivir, la vida en Él.

Los apóstoles son hombres que van haciendo un proceso con Jesús, asumiendo la capacidad de ser flexibles: disposición a aprender otro oficio, una amistad desde otra dimensión, ser comunidad con quienes no escogieron. A veces nuestras ideas no concuerdan con la realidad que el Señor nos invita a vivir. Jesús invita a un paradigma distinto marcado por amistad, cercanía y encuentro. Así lo vemos el Jueves Santo.

El llamado al servicio que marca la Última Cena, contrasta con una sociedad donde todo es negociable y es difícil dar paso a la gratuidad. La lógica del servicio está marcada por inclinarse a lavarle los pies a otros, esto desconcierta y choca, pero libera frente a la lógica de estar negociando las cosas. El llamado a ser parte del Señor sirviendo, se encarna cuando somos pan partido para los demás, cómo lo celebramos en cada Eucaristía. 

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A veces nos puede pasar como Pedro, salimos contentos de estar con Jesús, pero en el día a día nos dormimos, reaccionamos mal como lo hizo en Getsemaní, entramos en miedo y negamos con nuestra vida lo que creemos. Pero Pedro tiene la valentía de aceptar su error y desde las lágrimas arrepentirse. He aquí, lo que no se nos puede olvidar.

Es en la fragilidad donde descubrimos que el Señor actúa desde su gracia y tiempo. En un mundo que nos exige perfección y se mueve en la utilidad, Jesús nos enseña que la vida debe dejar de ser una competencia de personas, por demostrar lo valioso que es cada uno e iniciar a hacer camino desde una profunda conversión que nos ayude a reconocer la fragilidad, para desde allí permitir al Señor hacer su obra. Pedro pudo iniciar, cuando le entregó a Jesús su error, su debilidad envuelta en lágrimas, pero confiado en su misericordia.

 De la fiesta a las encrucijadas

 Nos adentramos en la Pasión, desde el trasfondo de la libertad. La pasión es la historia de la libertad de muchas personas. Entendiendo Libertad como aquello que me lleva a decidir que debo asumir en la vida y que no, desde un profundo discernimiento.

En la pasión del Señor nos encontramos con muchas encrucijadas donde debemos asumir un camino, por un lado, o por otro. Profundizo esta idea desde los tres juicios de Jesús.

El juicio frente a Caifás es la primera encrucijada: que se presenta entre las seguridades estables, que no dejan fisuras, ni espacio abierto a la duda; frente al camino de descolocar frente a lo que se vive y abrirse a lo nuevo que ofrece Jesús con su vida. Nuestras seguridades religiosas, nuestros apegos a la ley más que al amor, olvidando la ley del amor. Envueltos en criterios que dan más importancia a las formas que a la esencia.

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Una segunda encrucijada la representa Herodes: es la opción entre la superficialidad o la profundidad. Herodes es un hombre que no se entera de nada de lo que esta pasando en la pasión, desea un truco, busca entretenerse, lo cual es acorde con nuestra sensibilidad contemporánea que va surfeando por la vida, de estímulo en estimulo, pero que no lleva a entender las profundidades de las cosas que vivimos.

Frente a la superficialidad en la que vive Herodes, Jesús representa la profundidad de la realidad, cuando te zambulles y dejas de estar surfeando en la superficialidad de la vida, entras en las entrañas de las historias que están llenas de alegrías y también de tristezas. Comienzas a vivir la comprensión fraterna.

La tercera encrucijada es la de Pilatos: este si se entera de lo que está sucediendo, es un hombre que tiene controlada la situación, él sabe que está juzgando a un hombre inocente. Aquí ocurre, que él tiene que elegir entre su propio interés. Le conviene que no haya disturbios, que los judíos estén contentos, estar bien con las autoridades judías.

Como se detiene en lo que le conviene, no ve con profundidad ni discernimiento la Verdad, ni la realidad que está juzgando desde la injusticia. Jesús es un hombre que no pone delante su propio interés, sino la Verdad que ha ido descubriendo, la honestidad consigo mismo y con los más débiles, los más pobres, los más heridos.

 De las encrucijadas a las intemperies 

Al salir de esas tres encrucijadas tenemos dos escenarios distintos. Caifás, Herodes y Pilatos decidieron un camino. Ellos se quedan en su jaula de oro, lugar donde aparentemente se está mejor y cómodo. Se tienen las seguridades.

La otra alternativa es el camino de Jesús: la intemperie. La intemperie es un espacio donde la vida no se vive con protecciones y seguridades, a través de una pantalla, sino en la capacidad de asombro desde lo que se vive y reflexiona.

En la intemperie la vida tiene su pasión, su hondura, su realidad, su profundidad, su alegría, su tristeza, sus lágrimas. La intemperie es el espacio de Jesús, de tantos hombres y mujeres que a lo largo de la vida han sido capaces de adentrarse en la intemperie: Francisco de Asís, Ignacio de Loyola, Teresa de Calcuta, mons. Romero, también muchos de los nuestros, abuelos y papás que nos han dejado tanto para vivir.

 De las intemperies a la cruz 

La Cruz vista desde la experiencia de la fe, es un escenario donde vemos lo grande que es vivir, y Jesús en ese escenario nos presenta desde varias facetas lo que se necesita para vivir:

La capacidad de perdonar, no cualquier tipo de perdón, sino aquel que es radical, el perdón a aquellos que ni siquiera son conscientes de lo que están haciendo.

La capacidad de colocarse en el lugar del otro, como lo hizo el buen ladrón con Jesús frente a la condenación del otro ladrón, mostrando compasión y ganándose la misericordia eterna.

La capacidad de sentirse unido a los otros, justo en los momentos de mayor debilidad y prueba, tu en mi, yo en todos, todos juntos en ti Señor.

La experiencia que tenemos todos de la soledad, de la sed, de pedir ayuda.

El sentido que en nuestra vida hay algo por cumplir. Tenemos una misión confiada y queremos llevarla a plenitud, para que todos tengan vida en ella.

El sentimiento que nos lleva a confiar plenamente y descansar la cabeza, convencidos de que, por gracia, hemos hecho lo que teníamos que hacer con plena confianza en Dios Uno y Trino.

Que podamos hacer procesos de vida, desde la conversión a la fiesta, de la fiesta al servicio, del servicio a las encrucijadas, de las encrucijadas a la intemperie, y desde nuestras intemperies a la cruz, para desde la cruz contemplar la Gloria en la eternidad prometida. 

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