Al cumplirse un mes de los devastadores terremotos que sacudieron a nuestro país, el dolor aún habita en las calles y en la memoria de las pérdidas.
La liturgia de la Palabra de este XVII Domingo del Tiempo Ordinario (Mt 13, 44-52) nos invita a alzar la mirada y descubrir una verdad profunda: el Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido, a una perla de gran valor.
En medio del polvo y las grietas, ¿dónde encontramos hoy ese tesoro? Lo vemos en la solidaridad incansable de nuestras comunidades, en el pan compartido con quien lo perdió todo, en las manos de voluntarios que rescatan vidas y en la fe inquebrantable de las familias golpeadas. Es la caridad viva, esa perla preciosa por la cual vale la pena entregarlo todo.
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El Evangelio también nos habla de la red echada al mar que recoge toda clase de peces. Este tiempo de prueba ha sido una gran red que saca a la luz lo mejor de nuestra humanidad: la compasión, el consuelo y la fraternidad. Nos desafía a discernir lo verdaderamente valioso y a desechar la indiferencia, la desesperanza y la desunión.
Transcurrido este primer mes de luto y reconstrucción, recordemos que Dios no nos exime de las tempestades, sino que camina con nosotros en ellas. Entre las ruinas, Venezuela descubre que su mayor tesoro es el amor de Dios manifestado en la entrega por el prójimo. Reconstruyamos no solo muros, sino la esperanza del pueblo. Así sea.
Pbro. José Lucio León
Director


