Quisiera compartir esa experiencia cuando celebré mi primera santa misa después de mi ordenación aquel 20 de agosto de 1995.
Cuando esa experiencia de celebrar y encontrarme allí en el altar, en el momento cuando llegaron las palabras de consagración y luego no solamente las palabras de consagración, sino sostener en estas manos, el pan que se transformaba en el cuerpo de Cristo y en el cáliz que contenía el vino que se convertía en la sangre de Cristo, para mí fue algo que sentí que me fue llenando.
Me sentía como un recipiente que esas mismas palabras de consagración, esas palabras que transformaron a través de la transustanciación el pan en el cuerpo y el vino en la sangre de Cristo, también iban llenando mi humanidad.
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Y desde ese llenarme, claramente me impulsaban a hacer ese pan que debería partirse como misionero en aquellos en aquellos lejanos años de 1995 de ir a África para hacer ese pan partido y esa sangre derramada por esa iglesia africana, especialmente en Kenia, en las comunidades que acompañé.
Por eso, el evangelio de hoy, Mateo 22, 34 al 40, nos habla precisamente de ese gran mandamiento que Jesús coloca y que se traduce y se vive precisamente cuando nos dejamos transformar por la misma eucaristía, amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos.

Por eso la eucaristía nos invita a ese reinado social, a hacer en todo momento y en toda circunstancia esos signos eucarísticos que hoy, más que nunca, el mundo necesita, nuestro estado Táchira necesita y nuestra Iglesia tachirense necesita.
Por eso mi experiencia sacerdotal fue precisamente un dejarme llenar, un saciarme de ese pan vivo bajado del cielo, el cuerpo de Cristo, y llenarme de esa sangre de Cristo para que el mundo, por donde iba pasando, tenga vida o tuviera vida en él, en Jesucristo, que es el camino, la verdad y la vida.
Que el Señor les bendiga en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Mons. Lisandro Rivas
Obispo de la Diócesis de San Cristóbal


