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Homilía en la Festividad y Peregrinación Nuestra Señora de la Consolación

Una de las características propias de nuestro pueblo tachirense es la peregrinación. Así testimoniamos públicamente nuestra fe en Cristo y en María, su Madre. Peregrinación que no se reduce sólo a unas fechas determinadas. Peregrinación que se manifiesta en el dinamismo evangelizador de nuestra Iglesia local de San Cristóbal. Como todos los años, nos reunimos en esta fecha para cantar las alabanzas a María “orgullo de nuestra raza”. Estamos llegando  de nuestra peregrinación al Santo Cristo del Rostro Sereno. Hoy, bendecimos a Dios Padre y al Espíritu Santo por habernos dado el regalo maravilloso de la Madre de su Hijo, Jesús. Y Él, a la vez, no la entrega como madre nuestra, de la humanidad y de la Iglesia.

Acudimos a ella y la contemplamos en el impresionante y prodigioso misterio de su maternidad divina. Es la madre de Dios y, como tal, es una de las más estrechas cooperadoras en la obra y misión de salvación del Hijo, el Mesías, el Dios humanado. Hoy la contemplamos, a la vez, como la consoladora de nuestro pueblo y la dolorosa que ha sufrido en su corazón también la espada que se lo atravesaba, como bien lo profetizaba Simeón, en el templo de Jerusalén.

Ambas características propias de María se conjugan: es consoladora ante el dolor de la humanidad; y es dolorosa al cumplir la misión de ser la primera discípula de Jesús, su Hijo. Consoladora que acompaña y sostiene a su gente, como Hija de Sión llena también de alegría. Dolorosa que comparte el sufrimiento redentor del Hijo en la Cruz. Ya a lo largo de su vida pública, María se muestra como fiel compañera y discípula de ese Hijo amado: desde la anunciación hasta el momento de El Calvario, sabe llevar el dolor que le causa la misión recibida: la incomprensión inicial de José, al saber que ha quedado encinta; la profecía de Simeón; la huida a Egipto tras la persecución de Herodes; la pérdida del Niño Dios en Jerusalén, la experiencia de la Cruz, la soledad de los tres días del sepulcro.

También desde los inicios experimenta la consolación de parte de Dios y entiende que ha sido destinada para serlo con los nuevos hijos que empezará a recibir a los pies de la cruz: el consuelo de saberse “llena de gracia”, lo comparte en su cántico de acción de gracias: ella consuela al proclamarse servidora de Dios quien hace grandes maravillas desde su pequeñez de sierva; ella es un eslabón para que se siga viviendo la misericordia de Dios de generación en generación; ella sabe guardar todas las cosas en su corazón para compartirlas con los demás a su debido tiempo; ella presenta a los pastores y a los reyes de Oriente al Mesías, rey nuevo de la humanidad; ella muestra su vocación de consoladora en las bodas de Caná cuando intercede ante su Hijo para decirle “que no tienen vino”; a la vez, ella consuela enseñando a todos los que están en torno suyo a hacer lo que su Hijo les diga; ella es consoladora, porque según el decir de su Hijo, ha sido capaz de cumplir la voluntad de Dios Padre; ella, en el colmo de su misión, a los pies de la Cruz recibe la hermosa tarea de ser la Madre de todos.

Así pues, de manera inédita e inesperada por sus mismos discípulos, Jesús comienza a abrir las puertas a la nueva creación. De su costado abierto manan los sacramentos y termina de nacer la Iglesia. Pero, poco antes, la da a conocer en la persona de su Madre, María. Ésta, a los pies de la Cruz es verdaderamente LA PERSONIFICACIÓN DE LA IGLESIA NACIENTE (Ratzinger). Por ello podemos y debemos reconocer el rostro mariano de la Iglesia. Así como Jesús se hizo presente en la historia de la humanidad por medio de María, el mismo Hijo de Dios se vale de la mediación de María para hacer nacer a la Iglesia.

Esto nos permitirá reforzar nuestra fe en María como Madre de Dios, la cual ha recibido la misión de hacer posible la encarnación del Hijo de Dios y todas sus consecuencias. Una de ella no menos importante es la de hacer presente también a la Iglesia como la comunidad de la nueva Alianza. Ella es símbolo de la Iglesia, sacramento de la nueva Alianza, misterio de salvación: es su relación esponsal y de comunión con Dios. Es María, la mujer, quien le puede dar el rostro materno y esponsal a la Iglesia. Esto mismo nos permite orientar debidamente nuestra devoción a María que no puede reducirse a simples gestos de emotividad. María es intercesora, pero, a la vez es el modelo de lo que puede y debe ser la Iglesia.

Por ello, al contemplarla hoy bajo las dos características de dolorosa y consoladora, podemos dibujar algunas cualidades irrenunciables de la misma Iglesia, llamada a compartir el dolor de la humanidad, del cual, en el sacrificio de Cristo, nace; así como a ser el sostén consolador que acompaña a la humanidad y lo realiza desde su misma encarnación en la humanidad con el “gusto espiritual de ser pueblo”.

En la segunda lectura de esta celebración hemos escuchado el relato apocalíptico de la mujer vestida de sol y con la corona de doce estrellas. Se habla del dolor de parto de un hijo y cómo debe huir al desierto perseguida por el dragón, aunque al final resultará vencedora. Ese texto nos presenta a la Iglesia, con una simbología mariana: ella engendra a los miembros de la Iglesia con el dolor del parto; pero, a la vez, comparte el sufrimiento y angustias de la humanidad. Así lo simboliza la imagen del desierto y la persecución del dragón. La Iglesia es como María, Madre dolorosa. No escapa a las vicisitudes, dolores, angustias y dificultades de la humanidad, porque se identifica con ella y es madre de la misma, como María lo comenzó a ser desde El Calvario. Precisamente, allí nace la Iglesia también como madre de la nueva humanidad.

Como ya lo hemos sugerido, la figura de la Iglesia como consoladora, aparece claramente presente en el ícono de María. Ante la angustia que suponía para los noveles esposos de Caná la falta del vino, María acude al Hijo, para que los ayude: “No tienen vino”. María lo hace desde su preocupación como familiar de ellos, pero a la vez desde su propia caridad. Tiene conciencia de que Dios es quien puede realizar grandes prodigios a través de su pequeñez. Entonces, con la conciencia de  que sí había llegado la “hora” de su Hijo, acude a Él para que se manifieste. Consuela intercediendo. María se presenta así como símbolo de esa dimensión caritativa y consoladora de la Iglesia, la cual no sólo acompaña, sino que ayuda a fortalecer, con la acción del Espíritu, a toda la humanidad, la creyente y la no creyente. Es el amor operante de la Iglesia, a imitación de María, el que convierte también a la Iglesia en madre consoladora de la humanidad.

Hoy, pues, al conmemorar a María del Táchira, queremos reafirmar que es el modelo típico de lo que es nuestra Iglesia, la Universal y la Local de San Cristóbal. Entonces, podemos reafirmar la maternidad de la Iglesia: es, a imitación de María, Madre dolorosa y consoladora. Como tal, la Iglesia puede experimentar en cada uno de sus miembros lo que María profesó en su canto de alabanza: escogió la pequeñez para hacer posible que la grandeza de Dios realizara el prodigio inmenso de la encarnación y de la salvación. Se puso al lado de los pequeños y pobres, para desplazar y dejar sin nada a los ricos y prepotentes. Al igual que María, la Iglesia se la juega para hacer presente en todo momento la misericordia prometida por Dios Padre y hecha realidad en la entrega sacerdotal del Hijo, Jesús.

La Iglesia se da a conocer como Madre dolorosa en dos sentidos: uno porque participa de los dolores en carne propia, cuando se dan las persecuciones, las incomprensiones, las heridas abiertas por la división y los cismas, las herejías y rupturas. La Iglesia sufre lo mismo que Jesús con su Cruz; y se asemeja a la Madre traspasada por una espada, como lo profetizó Simeón, el anciano del templo de Jerusalén. Ese sufrimiento la purifica y, según el decir de Pablo, la asocia a los dolores del Crucificado. Con ello contribuye en la obra redentora de Cristo. Por eso, es sacramento de salvación. La sangre de los mártires, los sudores y angustias de los perseguidos, la soledad ante los ataques dirigidos a sus miembros por permanecer fieles a la Verdad del Evangelio… son, entre otras, algunas manifestaciones de esa experiencia de Madre dolorosa.

Pero, a la vez, en segundo lugar, es Madre que comparte el dolor y el sufrimiento de tantos hijos a lo largo y ancho del mundo. Sí, la Iglesia no se aleja del sufrimiento ni del dolor de la humanidad: hace suyos los dolores y tristezas de tantos migrantes de nuestro país y de otras naciones que salen en búsqueda de mejores condiciones de vida; comparte los sufrimientos de tantos enfermos abandonados a su suerte por no recibir la necesaria atención que requieren por su propia dignidad humana; hace suyo el dolor de tantas madres que ven cómo sus hijos se pierden en la oscurana de las drogas y de la violencia; comparte, la angustia, de quienes ven desaparecer a sus hijos conducidos por engaño hacia paraísos inexistentes por las mafias de inhumanos y desgraciados que juegan con la ilusión y la necesidad de la gente; hace suyos los dolores de las esposas e hijos de quienes están siendo torturados y hasta asesinados como el Capitán Acosta y el Concejal Fernando Albán; comparte la indefensión, el llanto y la impotencia de  Rufo Chacón privado de su visión por la saña  de quien no tiene temor de Dios; hace suyos los angustiosos interrogantes de quienes están pasando hambre en nuestro país; comparte el dolor y el sufrimiento causados por quienes se dicen servidores de la nación y se dedican más bien a imponer un inhumano, ilegítimo y destructor sistema de gobierno… por eso, sin odio ni rencores, pero con la decisión que tuvo María ante la Cruz, la Iglesia escucha el clamor del pueblo sufriente y lo convierte en voz profética de denuncia del pecado del mundo y en anuncio de la necesaria liberación que todos requerimos.

Sin embargo, ante todo esto, hemos de reconocer que la Iglesia, al imitar a María, es consoladora. Quiere hacer lo mismo que la Madre de Dios: acompañar a su pueblo, porque forma parte del mismo. Además, lo hace por vocación propia recibida en el mandato evangelizador. No sólo ha de conseguir y hacer nuevos discípulos, sino velar por ellos. Es lo que, en cada uno de los miembros y diversas instancias, se hace realidad existencial a través de la caridad operante.

¡Qué hermoso es ver la obra de misericordia de la Iglesia y sus miembros en los numerosos hospitales y ancianatos que hay por todo el mundo! ¡Qué emoción podemos sentir al ver la misericordia hecha solidaridad en tantos creyentes y en nuestras comunidades cristianas! No hay sino que ver las así denominadas “ollas solidarias”, las casas de paso en Cúcuta y en otros países; los bancos de medicina en las parroquias de nuestra Diócesis; la acción de las Cáritas parroquiales y diocesana. No podemos negar que la Iglesia está al lado de su gente: así lo demuestra la enseñanza valientemente profética de sus pastores; la mediación en la defensa de la dignidad humana y los derechos que de ella se desprenden. La Iglesia es la Hija de Sión que, en medio de las dificultades del momento actual, promueve la alegría del Evangelio. Lo hace sin ningún interés particular, sino por cumplir obedientemente al designio salvífico de Dios.

La Iglesia está en medio del pueblo. No busca componendas por acuerdos o pactos de élites. Promueve su participación activa como sujeto social, con el fundamento doctrina de su Doctrina Social. Con esta actitud sale al encuentro de todos sin excepción: a unos para invitarlos a la conversión de su opción por el pecado del mundo; a otros para que despierten de la modorra de su conformismo; y a la inmensa mayoría, para que con las fuerzas que les da el Espíritu sigan edificando en nuestra región el Reino de la Verdad, la Justicia y el Amor.

En este sentido surgen algunos compromisos que hoy nos señala la meditación de la Palabra de Dios. Uno es el imitar a María. Nuestra Iglesia de San Cristóbal y de Venezuela, ante la crisis que golpea nuestra nación, sencillamente debe tener la misma actitud de la Madre del Salvador: ser Madre dolorosa y así buscar darles fuerza redentora y ser Madre consoladora que acompaña a todos sin excluir a nadie, por los caminos seguros de la liberación salvadora del Señor Jesús. Nuestra Iglesia de San Cristóbal no puede esconderse ante la realidad vital de nuestra gente.

Otro, darle el auténtico rostro mariano a nuestra Iglesia. Tenemos variadas advocaciones pero un solo Ícono, el de MADRE DE DIOS. La Iglesia tiene que aparecer continuamente mostrando a Jesús, enseñándole a sus hijos que hay que hacer lo que Jesús nos diga. Para ello, guardando y meditando la Palabra en su corazón, darla a conocer y demostrar que con sus características y sobre todo con la pobreza de espíritu debe hacer patente el poder maravilloso de un Dios que ama a la sociedad. Ningún católico puede prescindir de esta tarea. La Iglesia tiene el rostro sereno del Hijo de María, porque aprende de ella cómo asumirlo: con la solidaridad, la esperanza y el apostolado de cada uno de nosotros.

Tercera cosa, no menos importante: la Iglesia debe seguir siendo Madre que va pariendo nuevos hijos, los hombres nuevos, para convertirlos en hijos de Papá Dios. Es la tarea siempre misionera de la Iglesia en salida; la que no se encierra en sus sacristías como pretenden algunos; la que no se distrae en privilegios  o componendas de falsos pactos sociales; la que no se deja seducir por ideologías que destruyen la esencia del pueblo…. Madre dolorosa y consoladora, por serlo también amorosa. Es decir, conducida, animada y fortalecida por el amor de Dios.

La Iglesia nace en la Cruz y en la Resurrección; es decir en el misterio de la Pascua. Si bien, en muchos de los momentos de su historia ha debido experimentar la vivencia del dolor propio o de la humanidad, no hay que olvidar que la Iglesia también ha nacido para provocar el testimonio del Resucitado. Con ello, sencillamente, se asocia a su Liberación integral cuya meta está en la eternidad pero que comienza a hacer sentir sus efectos en la tierra. La Iglesia está llamada a ser la continuadora de la Nueva Creación, permitiendo que los cielos nuevos y la tierra nueva no sólo sean conocidos sino vividos con todo sentido de dignificación de la persona humana.

En esta celebración eucarística, al alabar las glorias de María, el orgullo de nuestra raza, nos ponemos en las manos de la flor más bella de los Andes, Nuestra Señora de la Consolación. Renovamos nuestra profesión de fe en la Iglesia Madre, inspirados en la profesión de fe en la Madre de Dios. Con ambas, María y la Iglesia, compartimos hoy el pan de la Palabra para que su ardor nos transforme y nos permita reconocer al Señor Jesús, el Hijo que nos dio a María como nuestra Madre. Nuestra existencia cristiana hace suyo el dolor de María y la Iglesia para convertirlo en fuerza de cambio radical y así llegar a ser consoladores de nuestro pueblo. Amén.

 

+MARIO MORONTA R., OBISPO DE SAN CRISTOBAL.

15 AGOSTO 2019.

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