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martes, agosto 11, 2026
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La belleza que asombra, hiere y salva

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Homero se ha puesto de moda. Ha vuelto a la dinámica actual gracias a la versión que sobre la Odisea ha hecho Cristopher Nolan. El poema homérico que canta la épica del regreso de Odiseo a su hogar, luego de los acontecimientos descritos en la Ilíada. La Ilíada, la que canta la cólera de Aquiles, es un poema al que he vuelto para reencontrarme con uno de los momentos que más me han conmovido en la historia de la literatura.

En el canto III de la Ilíada, en medio de la tregua que suspende momentáneamente la guerra entre aqueos y troyanos, Homero construye una de las escenas más singulares de todo el poema; la llamada teicoscopia, o “visión desde la muralla”.

Príamo y los ancianos troyanos, sentados sobre las Puertas Esceas, ven acercarse a Helena y, al contemplarla, no pueden reprimir un juicio que ha resonado durante veintiocho siglos. no es motivo de reproche que troyanos y aqueos padezcan tantos sufrimientos por una mujer de una hermosura semejante a la de las diosas inmortales.

En esa breve reflexión, apenas unos versos, Homero condensa una intuición filosófica completa sobre la belleza: su poder de justificar lo injustificable, su cercanía con lo divino y, al mismo tiempo, su condición trágica, porque esa misma belleza que suscita admiración es la causa de la ruina de una ciudad.

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La escena de la muralla es notable, ante todo, por su extrañeza. Los ancianos troyanos son hombres que han perdido hijos, que han visto arder sus campos y morir a sus guerreros por causa de una sola mujer; y sin embargo, cuando la ven pasar, el rencor cede paso al asombro. Homero no absuelve moralmente a Helena ni condena la guerra.

 Registra el hecho de que la belleza posee una fuerza que se impone incluso a quienes tienen todas las razones para odiarla. Los ancianos comparan su rostro con el de las diosas, es decir, trasladan la belleza humana al terreno de lo divino, como si lo bello, llevado a su extremo, dejara de pertenecer del todo al orden de los hombres. Homero no presenta la belleza como un bien que redime sin más, sino como una fuerza ambivalente que fascina y destruye a la vez.

Cuando leía entusiasmado el pasaje homérico, me saltaron a la memoria dos nombres. Dos nombres que mi corazón reconocen como sinónimos de belleza: Dostoievski y Benedicto XVI. Veintiocho siglos después de Homero, Dostoievski pone en boca del protagonista de El idiota, una frase que se ha convertido en una de las más citadas, y más discutidas, de toda la literatura moderna: “la belleza salvará al mundo”.

Debemos recordar que esa sentencia es una especie de intuición enigmática, pronunciada por un personaje que el autor concibió expresamente como un “hombre perfectamente bueno”, una suerte de figura crística arrojada a un mundo cínico e interesado. La belleza de la que habla no es, por tanto, la belleza puramente sensible o formal no es únicamente el rostro hermoso de una mujer, como en Homero-, sino una belleza moral, casi mística, inseparable de la bondad y de la verdad interior de la persona.

Benedicto XVI retomó esa intuición de Dostoievski. Para él, el encuentro con una belleza verdadera no es un simple placer estético, sino una herida. Retomando una imagen platónica, habló de la belleza como una flecha que atraviesa al hombre y lo hiere, sacándolo de su comodidad y de su instalación en lo cotidiano. Esa herida no es destructiva, sino que despierta en la persona una nostalgia de algo mayor, una apertura hacia lo infinito.

La belleza salva, entonces, no por su sola fuerza sensible, sino porque es capaz de volver a despertar en el hombre el deseo de la verdad y del bien, algo que el cálculo racional por sí solo no siempre consigue. Paz y Bien, a mayor gloria de Dios.

Valmore Muñoz

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