El evangelio de Mateo (20, 1-16) nos presenta la parábola de los trabajadores de la viña. En ella, el dueño sale a distintas horas del día a buscar obreros, y al final de la jornada otorga el mismo jornal a todos, sin importar cuándo atendieron la llamada. Esta lógica divina desconcierta nuestras estructuras de mérito, pero revela el corazón de la fe: Dios no evalúa bajo la lógica de la contabilidad humana, sino desde la abundancia inagotable de su misericordia.
En la vida actual, sumergida a menudo en el cansancio, la competitividad feroz y el desaliento, esta palabra constituye una fuente viva de esperanza. Muchos sienten que han llegado tarde, que sus oportunidades pasaron o que las circunstancias externas les arrebataron el sentido de su vocación. Sin embargo, la voz del Padre sigue resonando en las plazas de nuestro cotidiano: «Vayan también ustedes a mi viña».
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La esperanza cristiana no depende de nuestras capacidades acumuladas ni del momento vital en el que nos encontremos. Radica en la certeza de que Dios nunca deja de buscar al ser humano. Para Él no hay horas perdidas ni vidas descartables. Su llamada es siempre un regalo presente que renueva las fuerzas y dignifica el andar.
Acojamos la invitación a salir de la inercia. Mantener la esperanza hoy significa confiar en que, al responder al llamado de Dios -sin importar la hora o el cansancio acumulado, hallaremos la plenitud de su gracia y un propósito transformador para nuestra existencia. Así sea.
Pbro. José Lucio León
Director


