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martes, abril 21, 2026
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La tempiternidad y el amor

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Hemos perdido la posibilidad de intimar con el instante. Hemos perdido también relación de intimidad y de conocimiento con el otro o, como lo podría decir algún filósofo, con la cosa conocida. El instante, o como lo llamaron los griegos: el kairós, es el momento oportuno que corresponde al instante durante el cual hay que hacer, actuar o entender. Los pitagóricos se referían a él como la oportunidad. Los sofistas se destacaron en ello, ya que observaban, constataban, ponderaban la situación, proyectaban, decidían y pasaban a la acción. El kairós griego es dinamismo y supone una inscripción en la movilidad del tiempo que pasa. El instante es presente del presente, es la consumación del aquí y ahora. Momento en el cual arde la unicidad del ser con el mundo: momento del contacto.

El pasado solamente es pasado desde el presente. Decimos pasado por cuanto lo decimos ahora. Pasado como pasado no existe. Existió cuando fue presente. Lo mismo, y con mayor razón, ocurre con el futuro. El futuro sólo será cuando sea presente. La tragedia humana es que siempre estamos de pasada sin detenernos a gozar del aquí y el ahora, ese eterno presente del cual nos habla San Agustín en sus Confesiones. Nos muestra que esta consideración de lo temporal como eterno presente nos transforma en personas menos egoístas porque nos ubica frente a la apertura consagratoria al otro. No gozamos ni nos gozamos en el presente. Razón por la cual, Raimon Panikkar nos habla de tempiternidad.

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La tempiternidad viene a manifestar que el ser y el tiempo están interrelacionados, de tal modo que no hay nada que permanezca sin ser tocado por el tiempo, ni siquiera la eternidad. Se trata de una doble faceta de la misma realidad. Pensar en que la eternidad viene después del tiempo, esto es, a juicio de Panikkar, una aberración. Si es eternidad no es temporal. Entonces se trata de descubrir y descubrirnos en los momentos tempiternos, de alguna manera, reivindica la idea del instante, del kairós. Aprovechar el momento que es único e irrepetible.

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Quizás allí germina todo el esplendor en esa hospitalidad de la carne de la cual habla Onfray, pero con las serias limitaciones de quien se niega a abrirse a una dimensión más plena de la experiencia humana, es decir, a partir del rastro grabado de vida eterna en nosotros que subyace en la conciencia que se presiente como signo partícipe del Verbo total. Esto es, como afirma Antonio Orbe, sentir en nuestra carne el Evangelio que somete nuestros sentidos al movimiento del Espíritu, en cuya agitación flameante, aprendemos a glorificar al Padre hasta que los nervios se abrasen en su llama de Amor viva. La consistencia tempiterna en la relación esponsal, cuya fuente inagotable es el amor, tiene el poder y la potencia de transformar todo en algo nuevo (2 Cor. 5:17). De tal manera que él, en brazos del amor de ella que está en brazos del amor, se transforma en bolsa de mirra que descansa en sus pechos, se transforma en ramo florido de ciprés de los jardines de Engadí.

En brazos del amor de él que está en brazos del amor, se transforma en azucena entre espinas, en paloma que anida en los huecos de la peña, en las grietas del barranco. El amor les recuerda la eterna pregunta por la plenitud que demuestra que aun reconociéndose encerrados en categorías espacio-temporales, ambos tienen sed de infinito que sólo encuentra la saciedad en el descubrimiento alegre de su propia danza que los hace únicos e irrepetibles, esa sola carne (Gn 2:24) que fueron desde el principio de todo antes de ser. Paz y bien.

 Valmore Muñoz Arteaga

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