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La vida y la esperanza no terminan

La palabra de Dios de este domingo nos invita a reflexionar sobre la vida eterna. Hemos celebrado al inicio del mes los santos y hemos recordado nuestros difuntos, una continua llamada a la inmortalidad del alma, como ayuda a nuestra salud espiritual, para así orientarnos mejor sobre nuestra propia existencia.

La reflexión de hoy es sobria y severa. No presenta ambigüedad por la seriedad del tema. Lamentablemente se ha creado una “cultura” de la industrialización (por llamarla de algún modo) donde se banaliza el verdadero sentido del respeto y la oración por los difuntos. Para muchos, vale más la flor, el arreglo, el trabajo en mármol -para el que puede-, el día de visita (solo en el día del padre, de la madre, de los difuntos), y todo aun siendo válido, ¿dónde dejamos los demás días? Jesús presenta a Dios como el Señor de la vida, raíz de eternidad para todos aquellos que están en comunión y alianza con Él y esto debe ser parte de nuestro plan de vida personal donde confluyan todos aquellos detalles que son propios del discípulo de Jesús.

“El recuerdo de los fieles difuntos no debe hacernos olvidar también de rogar por los vivos, que junto a nosotros cada día enfrentan las pruebas de la vida. La necesidad de esta oración es todavía más evidente si la ponemos a la luz de la profesión de fe que dice: «Creo en la comunión de los santos». Es el misterio que expresa la belleza de la misericordia que Jesús nos ha revelado. La comunión de los santos, de hecho, indica que todos estamos inmersos en la vida de Dios y vivimos en su amor. Todos, vivos y difuntos, estamos en la comunión, es decir, unidos todos, ¿no?, como una unión; unidos en la comunidad de cuantos han recibido el Bautismo, y de aquellos que se han nutrido del Cuerpo de Cristo y forman parte de la gran familia de Dios. Todos somos de la misma familia, unidos. Y por esto oramos los unos por los otros.” S. S. Papa Francisco.

La vida no se detiene, la esperanza tampoco. Quien piensa que por tener bienes o riquezas o poder está por encima de todo, ha perdido el rumbo y el horizonte de la vida en Cristo. ¿Cómo será el más allá? El Señor nos dice que la vida no termina y tampoco la esperanza; porque lo que se vive con amor, pasión, intensidad, fuerza y transparencia, se refleja en lo que el Señor nos tiene en el cielo. “Esto es bello en la vida: ora agradeciendo, alabando a Dios, pidiendo algo, llorando cuando hay alguna dificultad, como aquel hombre, muchas cosas. Pero siempre el corazón abierto al Espíritu porque ora por nosotros, con nosotros y por nosotros.” S. S. Papa Francisco.

La Iglesia nos recuerda, con las palabras de Jesús, que la resurrección es la participación a un misterio divino. No es simplemente una eternidad fría o algo que se dice o se menciona por la ocasión. Se trata de una adhesión real y verdadera a Dios, Señor y dador de vida, a su palabra y a su voluntad para continuar la misión que cada uno de nosotros tenemos en la tierra y luego en el cielo.

María Santísima, nuestra Madre del Cielo, nos enseña a amar al Dios de la vida. Ella con su ejemplo y testimonio es garante de lo que cada uno de nosotros podemos y debemos hacer para vivir en Cristo. Su entrega generosa y su amor incondicional a Dios, nos muestra la importancia de vivir para Dios y en Él. Seamos testigos de la vida y transmitamos a los demás el verdadero sentido de lo que significa ser cristianos. Así sea.

José Lucio León Duque

 

 

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