En el último día de su Viaje Apostólico a España, en la isla de Tenerife, frontera atlántica entre una Europa pujante y una África depauperada, donde coinciden, mas no se encuentran, la vivacidad alegre de los vacacionistas y el dolor -a veces de muerte, otras de esperanza- de los inmigrantes, León XIV, en la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, llama a la comunión con Dios y con el prójimo, a la entrega sincera de sí, a dejarse evangelizar por quienes piden ayuda y no reducir la belleza de ese mar infinito que toca el cielo, a un simple intercambio de intereses y beneficios.
El infinito que une al corazón de Dios
Al celebrar la Santa Misa, la última de su viaje apostólico a España, ante una multitud de fieles, más de 40 mil, congregados en el Puerto de Santa Cruz de Tenerife, rodeados de un “mar evoca el infinito” en “este archipiélago, tan conocido por su belleza y su acogida”, como lo describió el Papa en su homilía, el “infinito es, sobre todo, – agregó – el deseo que une el corazón de Dios a tantos corazones humanos, cuyas alegrías y esperanzas, tristezas y angustias encuentran eco en el corazón de la Iglesia”.
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Ningún ser humano es una isla; la ubicación geográfica de esta diócesis y los desafíos pastorales que la comprometen atestiguan que hemos nacido para el encuentro y que no hay obstáculo, distancia, peligro o amenaza que pueda impedir a cada uno su viaje. Sea permaneciendo durante una vida entera en el mismo lugar, sea eligiendo o estando obligados a partir, nadie permanece nunca quieto. Este es el secreto del corazón: la llamada íntima al éxodo y al encuentro.
Hay vida cuando se da vida
Centrado en el Corazón de Jesús, que celebramos hoy, el Santo Padre recordó que Dios envió a su único Hijo para que vivamos por medio de Él, lo que revela un dinamismo que no es estéril, pues “hay vida cuando se da vida”, sino se “se gira en el vacío”. Un concepto, puntualizó el Pontífice que recalca el Concilio Vaticano II cuando sostiene que “el ser humano está llamado a la comunión con Dios” donde encuentra su plenitud con la entrega de sí mismo. Y su vocación más profunda agregó el Papa- es la de “entrar en el movimiento trinitario del amor recibido y compartido”.
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