El 25 de agosto, la Madre Félix Torres, fundadora de la Compañía del Salvador y de los colegios Mater Salvatoris, cumple 119 años de su nacimiento. Mujer de fe, ciencia, valentía y visión, al servicio de Dios y la Iglesia. Ciencia y fe encontraron en la contemplación una fuente de donde manaba una verdad profunda, la única verdad del hombre.
Por otro lado, la Madre Félix, al menos para mí, ha sido un camino que me ha permitido indagar en la contemplación y, lógicamente, en el arte, cada vez más extraviado, de la atención. Contemplación y atención son rutas vitales para reconocer la profunda belleza de la verdad.
Hay un episodio central en su vida que, de alguna manera, explica perfectamente lo expuesto. Ocurrió un 13 de abril de 1922, frente al Santísimo. Así lo cuenta ella: «Levanté los ojos al altar y vi una inmensa llama que ardía con una claridad y suavidad que me llenó de dulzura inefable.
Abrí bien los ojos, quise cerciorarme bien de aquello que veía, pero aquella llama sin contornos, dorada y luminosa, quieta y penetrante en mi espíritu, no era fuego de la tierra; era fuego celestial que abrasaba mi alma. Con un conocimiento pleno, con una luz extraordinaria de lo que hacía, irresistible y dulcísimamente atraída por el Señor, me ofrecí a Él para siempre. Y desde aquel día felicísimo soy suya plena y conscientemente; a pesar de mis infidelidades, de mis grandes miserias, soy suya plena y conscientemente para siempre».
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La tradición mística cristiana describe la contemplación como una mirada purificada por la fe, capaz de acoger lo real sin reducirlo a utilidad ni control. La contemplación no se opone a la acción, pero la precede, la corrige y la vivifica. Solo quien ha aprendido a estar delante de Dios puede después actuar desde Él, y no solo desde el impulso, la eficacia o la autoafirmación.
Entre las líneas que narran la vida de la Madre Félix, comprendí que la contemplación es un modo de conocimiento más hondo que el meramente discursivo. No se trata de acumular ideas sobre Dios, sino de disponerse interiormente para recibir su presencia; es una sabiduría del silencio, de la espera y de la desnudez interior.
Este episodio en la vida de la Madre me llevó a recorrer lo que Simone Weil señalaba sobre la atención. Para ella, así como para la Madre, atender no es solo concentrarse, sino, más bien, suspender el yo, vaciar la mente de sus proyecciones y dejarse penetrar por la realidad; así la atención se vuelve receptividad pura, una forma de amor y una vía de acceso a Dios.
El ego tiende a anticiparse, juzgar, poseer y clasificar, algo propio, además, de la racionalidad moderna; la atención, en cambio, nos enseña a esperar. Donde hay atención auténtica, hay disponibilidad para la verdad del otro, para el sufrimiento ajeno, para la voz de Dios y para la propia verdad, sin máscaras ni defensas.
Una de las grandes lecciones que me ha brindado la Madre Félix y que intento poner en práctica, aunque no me ha resultado sencillo, es tratar de tejer mi vida desde la contemplación. Ella fue una mujer que hizo de la interioridad el fundamento de su entrega. Su testimonio muestra que la contemplación es una matriz de fecundidad espiritual. Solo quien aprende a estar a la escucha puede fundar una obra que no se apoye únicamente en la voluntad humana.
La Madre María Félix Torres encarna concretamente esta verdad, o por lo menos, así lo he intuido tratando de leer con atención lo que sobre ella se ha escrito. Una vida edificada desde la atención a Dios, capaz de traducirse después en servicio, discernimiento y fundación. Su experiencia confirma que la contemplación no aparta del mundo, sino que permite entrar en él con una mirada más pura y una entrega más libre. Paz y bien, a mayor gloria de Dios.
Valmore Muñoz


