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Primera misa de aguinaldo. Yo te he amado: el corazón de Dios late en el pobre

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A continuación, homilía de la primera misa de aguinaldo en la parroquia Nuestra Señora del Carmen, la cual está basada en la exhortación apostólica Dilexi Te del Papa León XIV.

Un amor que madruga
Queridos hermanos y hermanas de esta comunidad de La Concordia. Bienvenidos a esta primera madrugada de luz. Al encender hoy el primer farol de nuestra novena, no solo cumplimos con una tradición hermosa de nuestro pueblo tachirense; iniciamos un camino de santificación. En estas nueve mañanas, nos dejaremos guiar por la voz del Papa León XIV y su Exhortación Dilexi Te (Te he amado), será nuestro camino de reflexión para celebrar la Encarnación el próximo 25 de diciembre.

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El título de este primer día resume todo el misterio de la Navidad: «Te he amado». Es la declaración que Dios le hace a una comunidad pequeña, sin recursos y despreciada. Es la misma declaración que Dios nos hace hoy a nosotros: no nos ama por lo que tenemos, sino por lo que somos para Él.

I. El Dios que eleva a los humildes:
El Papa nos recuerda que el amor de Dios no se guía por los criterios del éxito mundano. Mientras el mundo busca la relevancia, el poder y la riqueza, Dios busca el corazón. Este texto evoca profundamente el Magnificat de nuestra Madre, la Virgen del Carmen: “Derribó a los poderosos de su trono y elevó a los humildes”.

En la Navidad, celebramos el “derribo” de la soberbia humana para dar paso a la ternura divina. Jesús se identifica con los más pequeños. Al contemplar el amor de Cristo, nuestra mirada debe cambiar: ya no podemos ser indiferentes al sufrimiento de los demás. Su amor nos hace fuertes para participar en su obra de liberación. Si decimos que amamos al Niño que va a nacer, debemos amar también su opción preferencial por los que no tienen voz.

II. El ungüento del afecto: Más que beneficencia, es Revelación
El Evangelio nos presenta una escena conmovedora: una mujer derrama un perfume costoso sobre Jesús. Los discípulos, con una lógica fría, critican el “derroche” diciendo que ese dinero era para los pobres. Pero Jesús defiende el gesto. ¿Por qué? Porque esa mujer comprendió que Jesús era el Mesías sufriente.

Jesús nos enseña algo fundamental: el afecto por el Señor y el afecto por los pobres son el mismo afecto. Él dice: “A los pobres los tendrán siempre con ustedes”, y también dice: “Yo estaré siempre con ustedes”. No estamos ante una simple obra de caridad social o beneficencia; estamos ante la Revelación.

Encontrarse con el pobre, tocar su mano, escuchar su historia, es un modo fundamental de encontrarse con el Señor de la historia. Cada pequeño gesto de afecto hacia alguien solo o necesitado es un ungüento que derramamos sobre las mismas heridas de Cristo.

III. El grito de los pobres en el Táchira de hoy
Dios le dijo a Moisés en la zarza ardiente: “He oído los gritos de mi pueblo”. Hoy, en nuestra comunidad, ese grito sigue resonando. Pero la pobreza tiene muchos rostros: no es solo el que no tiene pan. Es el migrante que extraña su tierra, es la mujer maltratada, es el anciano en soledad, es el joven que no tiene horizonte de libertad.

Vivimos en una sociedad que privilegia la “burbuja” de la comodidad y tolera con indiferencia que otros sobrevivan en condiciones indignas. El Papa nos advierte sobre la “cultura del descarte”, donde incluso tragedias humanas se vuelven noticias marginales que ya no nos conmueven. Como cristianos de La Concordia, no podemos bajar la guardia. No podemos dejar que nuestro corazón se endurezca ante las nuevas y sutiles formas de pobreza.

IV. Superar los prejuicios para volver al Evangelio
A veces, incluso dentro de la Iglesia, nos dejamos contagiar por ideologías mundanas. Escuchamos decir que “el pobre es pobre porque no se esfuerza” o nos burlamos del ejercicio de la caridad como si fuera una pérdida de tiempo.

El Papa León XIV es tajante: la caridad no es una fijación de unos pocos, es el núcleo incandescente de nuestra fe. No podemos olvidar a los pobres si no queremos salirnos de la “corriente viva” de la Iglesia. La verdadera santidad no se entiende al margen de la ayuda al hermano. Debemos rechazar la falsa meritocracia que ciega nuestra compasión. San Francisco de Asís no encontró a Dios en la riqueza, sino en el abrazo al leproso. Ahí, en lo que el mundo desprecia, es donde el Reino de Dios se hace presente.

El compromiso de la primera madrugada
Hermanos, al salir hoy de este templo hacia sus trabajos y hogares, lleven grabada esta frase: “Te he amado”. Dios nos ama en nuestra debilidad y nos envía a ser instrumentos de ese mismo amor.

No busquen hoy grandes hazañas. Busquen lo que hizo aquella mujer del perfume: un gesto pequeño pero lleno de amor. Un saludo al vecino que nadie visita, un plato de comida compartido, una palabra de aliento al que está cansado. Que este primer aguinaldo sea el ungüento que prepare nuestro corazón para recibir al Mesías que, siendo rico, se hará pobre para enriquecernos a todos.

Que la Virgen del Carmen nos enseñe a escuchar el grito de los pobres y a responder con el mismo amor con que Dios nos ha amado a nosotros. Amén.

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