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Quinto de diez hijos de un modesto tejedor de Cataluña, Antonio Claret y Clara nació en Sallent, en la diócesis española Vic, en 1807. Este excepcional hombre de acción, en su juventud, se sentía atraído hacia la vida contemplativa y hubiera querido hacerse cartujo; pero un sacerdote, que intuyó sus grandes cualidades misioneras, lo desaconsejó. A los 22 años entró al seminario de Vic, y se ordenó a los 28 años. Inmediatamente lo nombraron coadjutor de su pueblo natal. Estuvo poco tiempo. Para seguir su vocación misionera, fue a Roma y se puso a disposición de “Propaganda Fide”.

Esta elección no pareció adivinada y, entonces, entró al noviciado de los jesuitas, que tuvo que interrumpir por una enfermedad. Regresó a España y fue misionero en su propio país, dedicándose a la evangelización de las zonas rurales. Se sirvió de un medio que con el tiempo sería muy eficaz: la prensa. Era un sacerdote incómodo y lo demuestra la serie de atentados de que fue víctima. De regreso a Vic, puso manos a la más importante de sus obras: la fundación de una Congregación misionera intitulada al Corazón Inmaculado de María (cuyos miembros se conocen todavía con el nombre de claretianos). Era el 1849.

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Poco después fue elegido arzobispo de Santiago de Cuba, en ese tiempo bajo el dominio español, y cuya sede estaba vacante desde hacía catorce años. El nuevo obispo adoptó en la isla del Caribe sus originales métodos de apostolado: infatigable viajero, hizo sentir en todas partes su presencia con la palabra y con los escritos: una bienhechora lluvia de escritos empapó la isla. Para los analfabetos estaba la palabra oral y la imagen de la Virgen. Administró la Confirmación a trescientos mil cristianos y arregló más de treinta mil matrimonios. Activo y práctico, se preocupó también por la promoción humana y civil, fundando una escuela agraria y escribiendo él mismo pequeños tratados sobre el cultivo de la tierra.

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Un segundo atentado, más grave, puso en serio peligro su vida y entonces fue llamado a España en 1857, porque la reina quiso tenerlo como confesor. El dinámico obispo no se adaptó muy bien a la vida de la corte y empleaba su tiempo dedicando su ministerio sacerdotal en varias parroquias. En 1867 tuvo que seguir a la familia real que había sido desterrada a Francia debido a la revolución. Tenía gran simpatía por los artistas y hasta fundó una academia bajo el título de San Miguel. Murió a los 63 años, el 24 de octubre de 1870 en Frontfroide (Francia). Pío XII lo canonizó durante el año Santo de 1950.

Con información del libro un santo para cada día de Mario Sgarbossa y Luis Giovannini 

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