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San José Gregorio Hernández, fe y razón

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La figura de san José Gregorio Hernández no solo debe ser apreciada desde su caridad hacia los pobres, que no es poca cosa. También es justo reconocer su caridad intelectual que sirvió para iluminar su inteligencia y la del prójimo con la verdad.

Decía Antonio Rosmini que la caridad intelectual busca formar la inteligencia para alcanzar la verdad que ilumina, puesto que ella no es algo que el hombre inventa o crea, sino algo que descubre gracias a la idea del ser, que es una luz natural puesta por Dios en la mente humana. La caridad intelectual, señala Rosmini, ayuda a que esa luz brille con más fuerza, combatiendo las tinieblas del prejuicio y el error intelectual.

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Precisamente por esto, su figura trasciende la devoción popular para transformarse en un paradigma intelectual y espiritual. En su peregrinar en este mundo, la dicotomía moderna entre ciencia y religión se disuelve, desnudando una armonía muy profunda que ha sido defendida durante siglos por el Magisterio de la Iglesia y los Padres de la Iglesia.

Su legado no es solo el de un santo caritativo, sino el de un científico riguroso que entendió que la búsqueda de la verdad es un camino con dos senderos que se complementan. Sobre esta dicotomía, Rosmini también tuvo su mirada puesta, comprendiendo que entre la luz de la razón humana y la luz de la Gracia no hay conflicto alguno; ambas provienen de la misma fuente y deben caminar juntas.

Los padres de la Iglesia establecieron los fundamentos para entender que la fe no contradice a la razón. San Agustín, por ejemplo, en su máxima “creer para entender y entender para creer”, formuló que la inteligencia es una luz que Dios nos otorga para escudriñar la realidad. Vemos reflejado a nuestro santo en estas palabras.

 Introdujo el microscopio y la fisiología experimental en Venezuela; sus investigaciones científicas revelan que no comprendía las leyes biológicas alejadas de lo divino, sino como viva manifestación de la Sabiduría Creadora. Para la patrística, el mundo es un libro que puede ser leído a través de la observación, y nuestro santo leyó y comprendió ese libro con la precisión de un científico y la reverencia de un creyente.

El Magisterio de la Iglesia, especialmente en la encíclica Fides et Ratio de san Juan Pablo II, sostiene que la fe y la razón son como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad. De alguna manera, las páginas de este documento nos muestran la vida de san José Gregorio como testimonio ardiente y vivo.

Vida que podemos admirar desde una razón alimentada por su compromiso con la excelencia técnica y el método empírico, y una fe despierta y operante abierta a la oración y al servicio de los más necesitados, consecuencia lógica de una razón que reconoce la dignidad trascendente del ser humano.

San José Gregorio Hernández ejerció la medicina desde una perspectiva muy cuestionada en su tiempo. Ejerció la medicina y la docencia desde la firme convicción de que el ser humano es imagen de Dios. Al tratar a un paciente o enseñar a un alumno, apeló siempre por el conocimiento científico más avanzado del siglo XX, pero con la mirada puesta en la eternidad.

Eso marcó la diferencia; en tal sentido, podemos entenderlo como un precursor de la praxis personalista, puesto que, en su ejercicio médico y docente, reconoció en cada hombre y mujer la dignidad intrínseca y sagrada que les arde en su interior.

Una dignidad que lo obliga a respetarse y a ser respetado en todos sus actos. Justamente, su inteligencia, iluminada por la fe, es lo que permitió a san José Gregorio Hernández tener la sensibilidad para comprender al hombre y al universo más allá de las fronteras de lo material. Paz y bien, a mayor gloria de Dios.

 Valmore Muñoz Arteaga

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