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Santo de hoy 10 de mayo: San Juan de Ávila

San Juan de Ávila nació el 6 de enero de 1499 (o 1500) en Almodóvar del Campo (Ciudad Real), de una familia profundamente cristiana.  Poseían unas minas de plata en Sierra Morena, y supieron dar al niño una formación cristiana de sacrificio y amor al prójimo.

El nombre de Juan de Ávila está unido a su obra más significativa, la célebre Audi, filia, que es libro de magisterio interior. Precede a la Filotea, obra, en cierto sentido, análoga a la de otro santo, Francisco de Sales, y a toda una gama de libros religiosos que imprimieron profundidad y sinceridad a la formación espiritual católica, desde el Concilio de Trento hasta nuestros días. También en esto es maestro singular.

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   San Juan de Ávila

«Más preferiría vivir sin piel, que vivir sin devoción a la Virgen María», decía San Juan de Ávila, patrono de los sacerdotes españoles, reformador y escritor. La fiesta de este

gran misionero, director de almas y consejero de muchos santos se celebra cada 10 de mayo.

Un gran número de fieles acudía siempre a escuchar sus predicaciones que preparaba arrodillado y en oración por varias horas. En ocasiones se pasaba toda la noche ante el crucifijo o el Santísimo encomendando la prédica y así obtenía muchas conversiones.

Con su entusiasmo contagiaba a muchos sacerdotes en la Evangelización. Los enemigos y envidiosos lo acusaron ante la inquisición con falsos testimonios y fue encarcelado.

Al salir libre fue ovacionado por el pueblo.

San Juan de Ávila fue amigo y consejero de San Ignacio de Loyola, Santa Teresa de Jesús, San Juan de Dios, San Francisco de Borja, San Pedro de Alcántara y Fray Luis de Granada.

Partió a la Casa del Padre un 10 de mayo de 1569 diciendo: “Jesús y María”. Fue canonizado por el Beato Pablo VI en 1970.

La estancia definitiva en Montilla fue especialmente fructífera. Dejó una huella imborrable en los sacerdotes de la ciudad. En una de sus últimas celebraciones de la misa le hablo un hermoso crucifijo que él veneraba: “perdonados te son tus pecados”.

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Pero la enfermedad iba pudiendo más que su voluntad. A principio de mayo de 1569 empeoró gravemente. En medio de fuertes dolores se le oía rezar: “Señor mío, crezca el dolor, y crezca el amor, que yo me deleito en el padecer por vos”. Pero en otras ocasiones podía la debilidad: “¡Ah, Señor, que no puedo!”. Una noche, cuando no podía resistir más, pidió al Señor le alejara el dolor, como así se hizo en efecto; por la mañana, confundido, dijo a los suyos: “¡Qué bofetada me ha dado Nuestro Señor esta noche!”.

DIARIO CATOLICO 

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