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Silencio, escucha y diálogo

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Benedicto XVI afirmó que la dinámica de la palabra y el silencio, que marca la oración de Jesús en toda su vida terrena, toca también nuestra vida de oración en dos direcciones. La primera es la que se refiere a la recepción de la Palabra de Dios. “Es necesario el silencio interior y exterior para que esa palabra se pueda escuchar”.

Solo haciendo silencio nos hacemos disponibles a los otros, es decir, podemos efectivamente escuchar. Escuchar es un acto interior, de profundidad, de voluntad de ir hacia el fondo acariciando el gozo de comprender. No puede haber diálogo sin la voluntad de escuchar, y no se puede escuchar si no aprendemos a hacer silencio.

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En tal sentido, debemos seguir la huella de los grandes místicos que vivían tejiendo palabras que pertenecían al silencio y no al hombre. Entrar en sintonía con ese desplazamiento del que habla Max Picard que va desde el silencio de un hombre al silencio de otro hombre. Diálogo es encuentro y el verdadero encuentro se descubre en el silencio. Por esto, se transforma en condición imprescindible de la escucha.

Liturgia es palabra griega que significa acción pública, servicio público, obra pública. Desde el punto de vista cristiano, viene a ser “el culto público y oficial de la Iglesia, ejercido y regulado por los ministros por ella seleccionados para ese fin, es decir, por los sacerdotes”, según Romano Guardini.

En todo caso, es una acción en la cual tanto el silencio como la palabra se abrazan, se funden para hacer pleno el amor. En este sentido, comprender el diálogo como una liturgia implica hacer crecer la Palabra de Dios mientras disminuye la palabra del hombre, esto es: la palabra pertenece al silencio y no al hombre, como ocurrió en María, inseparablemente mujer de la palabra y el silencio.

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El Papa Francisco ha recordado que “para dialogar se tiene que partir de la identidad propia. Para que un diálogo sea bueno se tiene que ser consciente de la propia identidad”. Por medio del silencio, el hombre puede acceder a su identidad más profunda, ya que, entre otras cosas, el silencio es el centro del hombre.

Por otro lado, tal y como ocurre en la liturgia, en el silencio se produce con certeza la más profunda conjugación entre la escucha y la palabra, y es que, definitivamente, nos lo muestran claramente los dos que van a Emaús (Lc 24, 23- 35): la escucha es una actividad interior, un acto espiritual en el cual arde el corazón.

También ha señalado al diálogo como un camino hacia la paz, no solo un camino hacia ella, sino su propio oxígeno: el diálogo es el oxígeno de la paz. Un oxígeno que estimula al espíritu del encuentro entre unos y otros a partir del reconocimiento.

El silencio que va tejiendo el diálogo es, al mismo tiempo, lugar de la reconciliación y la relación. El silencio permite esa fusión de horizontes que describe Gadamer, esa posibilidad de hacernos presentes. Silencio que transforma la arena en ágora.

El ágora es espacio en el cual los hombres se reconocían libres y, desde esa libertad, aprender a “desenmascarar las diversas formas en la cual la verdad es manipulada, distorsionada y oculta en el discurso público y privado”, como señala el Papa Francisco.

En tal sentido, el diálogo, de alguna manera, es territorio donde el ego sucumbe, donde no se privilegia el tener la razón, sino el buscar la verdad que hace libre al hombre. Paz y bien, a mayor gloria de Dios.

 Valmore Muñoz Arteaga

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