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Una nueva criatura

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La segunda lectura de este IV domingo de Cuaresma nos muestra la clave para entender mejor la parábola del padre Misericordioso, presentada en la proclamación del evangelio de este día. Pablo nos recuerda que “quien vive en Cristo es una nueva criatura, para él todo lo viejo ha pasado.

 Ya todo es nuevo. Como nos lo recuerda la primera lectura, Dios comienza a cumplir sus promesas con el establecimiento del pueblo en la tierra de promisión. Ésta lo es por haber sido presentada como la meta del Éxodo; pero a la vez por ser de allí de donde surgirá el mesías Salvador.

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La nueva creación es fruto de la reconciliación que proviene de Dios, según nos lo enseña Pablo. Dicha reconciliación realizada por Cristo es capaz de transformarnos de manera radical. Lo más radical consiste en habernos hecho hijos del Padre y así participar de la naturaleza divina.

El maestro nos transmite la realidad de la reconciliación a través de una de sus parábolas. El hijo menor, envalentonado por su juventud, pide la parte de su herencia y se va a correr el mundo. Allí pierde todo y no le queda más que reconsiderar y decidir volver donde su padre, pero no para que lo considere como hijo, sino más bien como un sirviente… y entonces poder recibir alimento y otras comodidades.

La lógica del padre es otra: lo recibe, lo abraza y le vuelve a colocar el anillo que lo identificaba como su hijo, que estaba perdido y ha sido encontrado, muerto y ha vuelto a la vida. Esa lógica choca con la del hijo mayor, quien se creía superior por haber permanecido al lado de su padre. Sin embargo, ante los reclamos de éste, el Padre no cede ni vuelve atrás, ya que continúa con la fiesta para conmemorar la reconciliación con el hijo pecador que retorna a la casa paterna.

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Siguiendo la línea teológica del año jubilar que nos presenta la esperanza que no defrauda, la liturgia de este domingo refuerza lo que el Papa Francisco nos presenta. La esperanza efímera (en búsqueda de un alimento y una seguridad) se hace realidad en el abrazo del padre misericordioso. Ya la esperanza no es simplemente un deseo, sino que se abre a la nueva condición. Si alguien la experimenta es, precisamente, el hijo “retornado” al volver a recuperar su auténtica identidad, la del hijo.

Así, entonces, la reconciliación se nos presenta como un modo de ser “peregrino de la esperanza”. Pablo nos indica que tenemos el ministerio de la reconciliación para ser ejercido en el ámbito donde vivimos, trabajamos y compartimos con nuestros hermanos. Sin embargo, no se debe realizar con la lógica del hermano mayor, que huele a prepotencia y arrogancia. 

Nos corresponde, en todo momento y lugar, promover la reconciliación sin condiciones. Esto es importante en el mundo en el que vivimos, donde además de tantísimas oscuridades del pecado, hay más que confrontaciones con tantos atentados en contra de la dignidad humana, la convivencia pacífica que destruyen existencias y alegrías.

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Para ello, según nos dice Pablo, Dios nos convierte en los embajadores de Cristo. Con esta misión estamos llamados a invitar a todos a la reconciliación, sea con nuestras palabras como con nuestro ejemplo. Para ello debemos invitarles “que se dejen reconciliar con Dios”. 

Así estaremos, también, contagiando esa esperanza que supo vivir el hijo de la parábola. Es lo que le pedimos al mismo Dios: “que por tu Palabra realizas admirablemente la reconciliación del género humano, concede al pueblo cristiano” estar preparado para cumplir el ministerio de la reconciliación (Oración Colecta).

 Mons. Mario Moronta (Obispo emérito de la Diócesis de San Cristóbal)

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