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Yo tampoco te condeno

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Es muy común el sentir cómo se condena fácilmente, incluso a quien tiene culpa hasta sin un juicio veraz.  Se condena muchas veces sin derecho a la defensa: por ejemplo, con las calumnias que se van haciendo virales a través de las redes sociales… o mediante los juicios de los prepotentes y autócratas que colocan calificativos acusatorios casi definitivos… o con las ofensas ante los que piensan diversamente. 

En fin, corremos el riesgo de experimentar esta triste situación en todos los ambientes: desde el grupo familiar hasta las altas esferas de la sociedad donde se pretende dominar de manera dictatorial.

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Llegando ya al final de la Cuaresma, la Liturgia nos relata el episodio de la mujer conseguida en flagrante adulterio. La ley indicaba que había que apedrearla. Esto, incluso, sin un juicio veraz y sin haber escuchado a la presunta adúltera. En el capítulo 8 de Juan, el autor sagrado relata un episodio que va a poner en confrontación al Maestro con los defensores de la Ley. 

La llevan ante el Señor acusándola de un gravísimo pecado; el cual era así. Requieren de Jesús su opinión y parecen tentarlo a ver de qué lado se pone: el de la Ley o el suyo personal. Jesús no actuará al margen de la Ley, sino con los criterios de su nueva enseñanza.

Ante la insistencia, Jesús pide al que no tenga pecado que lance la primera piedra. Muchos comentaristas han señalado que el silencio de los acusadores se debía a los muchos pecados personales que poseían (y que Jesús estaría garabateando en el piso). Sin embargo, el relato nos muestra un pecado que todos los acusadores y perseguidores de la mujer ciertamente habían cometido. Ninguno de ellos estaba exento de dicho pecado: profanaron el Templo. 

Es decir, irrumpieron en la Casa Sagrada de Dios con la intención de apedrearla. Y esa era una tremenda trasgresión, pecaminosa, que todos tenían. De allí que el Maestro les pidiera lanzar la primera piedra a quien se sintiera libre de todo pecado… No les quedó otro remedio sino el de irse con la cabeza gacha y sin argumentos.

Esto mismo lo deberían sentir quienes irrumpen en el santuario de Dios, la dignidad de cada persona, sabiendo que con sus injusticias, descalificaciones y calumnias, como con el menosprecio de la persona acusada y pre-condenada.

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El Maestro, que enseñaba en el Templo, se dirige a la mujer para preguntarle si había alguien que la condenaba. Ella respondió de acuerdo a lo que había pasado al final del evento. Jesús, mostrando plena misericordia ante ella, le da una lección: “Yo tampoco te condeno”, a la vez que le pone un desafío: “Vete y no vuelvas a pecar”.

Durante este tiempo de Cuaresma hemos sido invitados a fortalecer nuestra esperanza. Podemos ver en este episodio una forma de vivir y fortalecer la esperanza. Aquella mujer había perdido la esperanza total; sabía de su pecado y de la Ley, y sentía que no tenía escapatoria. Ante Jesús, un pequeño rayo de luz le abrió las puertas de la esperanza de seguir viviendo. Jesús no la condena. Con ello, mostraba su amor misericordioso y reafirmaba que había venido al mundo no para condenar sino para salvar. 

Asimismo, esa mujer sintió un baño del agua fresca de la ternura, cuando el Maestro le aseguraba que no le condenaba. Pero no todo quedó allí: recibió un desafío para convertir su vida en un “peregrinaje de esperanza: “Vete y no peques más”. El remedio que le indicó el Señor era muy diverso a las terribles penitencias que en no pocas ocasiones se colocaban a los pecadores públicos. 

Más bien quería decirle Jesús, recupera tu dignidad, reafirma tu esperanza; para ello no vuelvas a pecar más. Cómo lo decimos en la Oración Colecta de este domingo, todos somos invitados a avanzar animosamente hacia aquel grado del amor del hijo Salvador de la humanidad.

 Mons. Mario Moronta (Obispo emérito de la Diócesis de San Cristóbal)

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