Queridos hermanos y hermanas de nuestra amada Diócesis de San Cristóbal, paz y bien en el Señor.
Como su pastor y servidor, me es grato saludarlos desde este rincón de Los Andes venezolanos, donde la fe se hace vida en el compartir cotidiano. Hoy quiero invitarlos a contemplar un misterio que es la savia misma de nuestra Iglesia local: la eucaristía como fuente de comunión y motor de nuestra misión.
A menudo nos preguntamos: ¿Cómo crece la Iglesia? El Concilio Vaticano II nos da la respuesta definitiva: la Iglesia crece visiblemente por el poder de Dios cada vez que celebramos el sacrificio de la cruz en el altar. No es una cuestión de estadísticas o de grandes estructuras; la Iglesia se edifica cuando el pan eucarístico realiza la unidad de los creyentes.
Recordemos que, en el Cenáculo, al reunir a los doce, Cristo no solo celebró una cena, sino que plantó la semilla del nuevo Israel. Al ofrecerles su Cuerpo y su Sangre, los hizo partícipes de su propio sacrificio. Allí, en la entrega total de Jesús, nació la nueva comunidad mesiánica. Por eso, cada vez que en nuestras parroquias desde la Catedral hasta la comunidad más remota de nuestra montaña celebramos la eucaristía, estamos regresando a nuestras raíces y consolidando nuestra jerarquía sagrada y nuestro ser de pueblo de Dios.
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Hay una belleza profunda en saber que, al comulgar, no solo recibimos nosotros a Cristo, sino que Él nos recibe a cada uno de nosotros. Él nos dice: “Vosotros sois mis amigos”. Esta amistad no es algo superficial; es una vida compartida. Como bien nos recuerda el texto, “el que me coma vivirá por mí”.
En nuestra Diócesis, donde tanto valoramos la hospitalidad y el encuentro, debemos entender que la Comunión es el abrazo supremo de Dios. Cristo y el discípulo se funden el uno en el otro. Esta unión estrecha es la que nos permite no encerrarnos en nosotros mismos, sino convertirnos en sacramento para la humanidad. Al comulgar, nos transformamos en signo e instrumento de salvación para nuestros hermanos tachirenses, siendo sal de la tierra y luz del mundo en medio de nuestras dificultades.
San Juan Crisóstomo nos regala una imagen hermosa que resuena profundamente en nuestra tierra agrícola: el pan está compuesto por muchos granos de trigo que, tras una «perfecta fusión», desaparecen para formar una sola realidad. De la misma manera, nosotros, siendo muchos y diversos, nos transformamos en el Cuerpo de Cristo.
Esta unidad no es obra humana, es fruto del Espíritu Santo. La eucaristía consolida lo que el Bautismo inició. En cada santa misa, el divino Paráclito desciende sobre nosotros y sobre los dones para santificar nuestras almas y cuerpos. Es esta fuerza espiritual la que nos permite salir a evangelizar. La eucaristía es la fuente y la cumbre de nuestra misión; sin ella, nuestras palabras estarían vacías y nuestra caridad carecería de motor.
Hermanos, nuestra misión continúa la de Cristo: “Como el Padre me envió, también yo os envío”. En este tercer milenio, nuestra Diócesis de San Cristóbal está llamada a ser un cuerpo sólido y unido. Que la participación en el banquete eucarístico nos dé la fuerza para ser constructores de paz y de unidad en nuestra sociedad.
Que nuestra madre, la Virgen de la Consolación, nos enseñe a vivir siempre en comunión con su Hijo, para que el Táchira sea verdaderamente un reflejo del reino de Dios.
Mons. Lisandro Rivas
Obispo de la Diócesis de San Cristóbal


